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La campaña que no acepta pausas

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Andrea Chávez reapareció con su hijo recién nacido en un acto político y convirtió una decisión personal en otra escena de la competencia anticipada por Chihuahua.

La imagen de Andrea Chávez con su hijo recién nacido en un acto público produjo una discusión previsible: admiración por retomar actividades, críticas por llevar al bebé y acusaciones de utilizar la maternidad como recurso electoral. Esa conversación corre el riesgo de castigar a una mujer por trabajar después de dar a luz y, al mismo tiempo, de ignorar el asunto político central. El problema no es que una madre participe en la vida pública. El problema es que Chihuahua vive una campaña que oficialmente todavía no comienza.

Chávez solicitó licencia indefinida al Senado para concentrarse en la competencia interna de Morena rumbo a 2027. Su hijo Emiliano nació el 6 de julio y, doce días después, ella reapareció en una asamblea en Ciudad Juárez con el bebé sujeto en un fular. El evento, según sus organizadores, tuvo réplicas en 67 municipios. No fue una visita privada ni una reunión espontánea: formó parte de una estructura territorial destinada a mantener presencia.

Los simpatizantes interpretaron la escena como ejemplo de fortaleza y conciliación entre maternidad y carrera política. Esa lectura tiene legitimidad. Durante décadas, la política fue diseñada alrededor de hombres con esposas encargadas de la vida familiar. Exigir que una mujer desaparezca durante meses para cumplir una expectativa social también es una forma de exclusión.

Sin embargo, la defensa de la maternidad no debe blindar una estrategia electoral. El bebé apareció dentro de un acto cuidadosamente comunicado, fotografiado y distribuido. La campaña obtiene una narrativa de cercanía, esfuerzo y vulnerabilidad. En política, ninguna imagen de esa naturaleza es neutral, especialmente cuando la protagonista compite por una candidatura.

El INE ha aplazado lineamientos para regular los procesos internos rumbo a 2027. Mientras el árbitro discute el reglamento, aspirantes de Morena y de la oposición recorren municipios bajo nombres como coordinaciones, asambleas informativas o encuentros ciudadanos. Quien empezó antes acumula estructuras, bases de datos, cobertura y reconocimiento. La ventaja se construye sin utilizar la palabra campaña.

La crítica, entonces, debe dirigirse al sistema y a la estrategia, no al vínculo entre madre e hijo. Preguntar por protocolos de seguridad para un recién nacido en un evento masivo es razonable. Convertir la maternidad en prueba de incapacidad sería discriminatorio. También resulta válido cuestionar si la intimidad del menor está siendo incorporada a una narrativa pública que él no puede consentir.

Andrea Chávez no inventó la campaña permanente, pero participa con habilidad en ella. Su reaparición confirma que la competencia por Chihuahua no acepta pausas, ni siquiera de doce días. El problema democrático es que el calendario real lo marcan los aspirantes y no las autoridades electorales. Antes las candidaturas se registraban; ahora se posicionan durante meses, cambian el nombre del recorrido y esperan que la ley llegue después.

La maternidad merece respeto y condiciones para ejercerse dentro de la política. La campaña anticipada merece reglas iguales y fiscalización. Confundir ambas discusiones beneficia a quien quiere presentar cualquier cuestionamiento electoral como ataque personal. El bebé no es responsable de la estrategia; quienes eligieron convertir la imagen en mensaje sí deben responder por ella.

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