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Censura con manual de usuario: el gobierno no apaga micrófonos, les pone condiciones

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La censura más peligrosa no siempre llega con una orden directa. A veces llega vestida de derecho ciudadano, con lenguaje administrativo, consulta pública y promesa de protección. No se presenta como censura: se presenta como regulación. No dice que quiere callar medios: dice que quiere cuidar audiencias. No admite control editorial: habla de información veraz, códigos de ética y defensores del público.

Ese es el punto delicado del plan impulsado durante el gobierno de Claudia Sheinbaum: su fuerza no está en declararse censor, sino en negar que pueda serlo mientras abre una puerta para que el Estado intervenga en la relación entre medios, contenidos y audiencias.

El gobierno insiste en que no busca censurar. Pero el problema no es sólo la intención declarada; es el poder que se crea. Cuando una autoridad puede recibir quejas, revisar respuestas, intervenir en criterios de medios y eventualmente activar sanciones, el mensaje para las redacciones es obvio: cuidado con incomodar demasiado.

La censura moderna no necesita prohibir una nota. Le basta con volverla riesgosa. Le basta con que un editor piense dos veces si una investigación puede terminar en queja, expediente, presión comercial, castigo regulatorio o salida del aire. La autocensura no empieza cuando alguien calla; empieza cuando alguien calcula el costo de hablar.

Por eso el debate no puede separarse del clima político. La salida de Luis Cárdenas de MVS y los reportes sobre despidos en el entorno del noticiero de Carmen Aristegui aparecen en un momento demasiado sensible para tratarlos como hechos aislados sin hacer preguntas. No se trata de afirmar automáticamente que cada movimiento empresarial fue ordenado desde Palacio Nacional. Se trata de observar el ecosistema completo: regulación en puerta, medios bajo presión, voces críticas perdiendo espacio y un gobierno que descalifica a sus críticos mientras pide confianza absoluta en sus reglas.

El poder siempre dice que no censura. También decía que no perseguía, que no presionaba, que no castigaba. La historia del periodismo mexicano está llena de silencios fabricados con pretextos administrativos: contratos que no se renuevan, programas que se reestructuran, equipos que se recortan, anunciantes que desaparecen, frecuencias que se complican y periodistas que de pronto ya no caben en la programación.

En el caso de Carmen Aristegui, hasta ahora no hay confirmación pública de que su programa vaya a desaparecer. Pero la pregunta no es menor: cuando se desmantelan equipos, cuando se reducen capacidades de producción y cuando el ambiente político se vuelve hostil para el periodismo crítico, un noticiero puede sobrevivir formalmente mientras pierde músculo, alcance o independencia.

Ahí está la trampa: no hace falta cerrar un programa para debilitarlo. A veces basta con vaciarlo por dentro.

La defensa oficial dirá que todo es por las audiencias. Pero una audiencia no se protege debilitando a los medios que investigan. Una audiencia no gana derechos si el resultado práctico es que las redacciones trabajan con miedo. Una audiencia no recibe mejor información si el árbitro puede tener color político.

El periodismo no necesita permiso del gobierno para incomodar al gobierno. Esa es precisamente su función.

Si Sheinbaum quiere demostrar que esto no es censura, no basta con repetir que no lo es. Tiene que construir límites claros, blindajes reales, independencia del regulador y garantías para que ninguna queja se convierta en instrumento de castigo político.

Porque cuando el poder regula la palabra, aunque diga que sólo ordena el ruido, la democracia debe desconfiar.

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