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Ni tiempo de instalarse: la crisis ya estaba en la puerta

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El terremoto de magnitud 7.4 convirtió el estreno de Abelardo de la Espriella en una prueba de Estado antes de que su gobierno pudiera siquiera instalarse.

Los presidentes suelen estrenar el cargo con fotografías, discursos y una breve tregua política. Abelardo de la Espriella recibió algo completamente distinto: un terremoto de magnitud 7.4 cuando todavía no completaba cuatro días al frente de Colombia. La escena cambia la naturaleza de cualquier inicio de gobierno. Ya no importan los nombramientos pendientes, las primeras encuestas o la narrativa de los cien días; importan hospitales, carreteras, viviendas, refugios y la velocidad con la que el Estado puede llegar a una población golpeada.

El sismo del 10 de agosto tuvo su epicentro cerca de San José del Palmar, en Chocó, y fue percibido fuera de Colombia, con reportes en Ecuador, Panamá y Venezuela. El balance más reciente citado por medios internacionales elevó la cifra a 132 personas fallecidas, más de 570 lesionadas, 1,575 viviendas afectadas, 37 destruidas y decenas de edificios colapsados. Son números que convierten cualquier discusión sobre popularidad presidencial en un lujo momentáneamente irrelevante.

En redes apareció además una afirmación irresistible: que los cerca de cuatro minutos de movimiento habrían convertido al terremoto en “el más largo del continente”. La frase funciona muy bien para un video, pero mucho peor como registro histórico. La duración de un terremoto puede referirse a la ruptura de la falla, al movimiento fuerte registrado por instrumentos o al tiempo durante el cual una persona percibe que todo se mueve. No existe una tabla simple que permita otorgar ese título. Sudamérica, además, carga con el terremoto de Valdivia de 1960, magnitud 9.5, el mayor registrado instrumentalmente en el planeta. No hace falta inventarle un récord al desastre colombiano para dimensionarlo.

La parte políticamente relevante está en otra parte. De la Espriella declaró la emergencia nacional, activó un puesto de mando y puso al nuevo gobierno a funcionar bajo presión desde el primer minuto. Esa respuesta será medida no por el número de cámaras desplegadas, sino por la capacidad para transformar anuncios en rescates, atención médica, caminos abiertos, albergues y reconstrucción.

Las tragedias también producen una especie de radiografía del Estado. Exponen qué municipios tienen capacidad propia, dónde fallan las comunicaciones, qué infraestructura estaba deteriorada antes del temblor y qué tan rápido se coordinan autoridades nacionales y locales. El terremoto no creó esas fortalezas ni esas debilidades; simplemente las hizo visibles de golpe.

De la Espriella ganó la Presidencia y casi inmediatamente perdió el privilegio de comenzar con calma. Su primera gran imagen de gobierno no será una ceremonia, sino un mapa de daños. Cuatro minutos bastaron para convertir el estreno presidencial en examen final.

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