El dato de que 40% de los jóvenes no se siente parte de espacios tradicionales revela una fractura que no puede explicarse con la etiqueta de flojera.
Cada generación adulta inventa una frase para explicar a la siguiente. “No quieren trabajar”, “no aguantan nada”, “son de cristal”. Son diagnósticos cómodos porque colocan el problema en el carácter de los jóvenes y liberan de responsabilidad a las instituciones que deberían ofrecerles educación, empleo, comunidad y futuro.
La encuesta Jóvenes en México 2026 plantea una lectura mucho más incómoda. Al menos 40% de las personas de 15 a 29 años consultadas afirma que no se halla en los espacios que tradicionalmente ofrecían pertenencia y oportunidades. No se trata únicamente de quienes no estudian o no trabajan. El concepto que utilizan los investigadores es “desafiliación”: una distancia creciente respecto de escuela, empleo, relaciones y redes de apoyo.
Los demás datos dibujan el contexto. Seis de cada diez jóvenes que ingresan al mercado laboral terminan en la informalidad. El 43.2% dice que lo aprendido en la escuela no le interesa. El 41.1% considera que no tiene con quién hablar de sus problemas y 31.3% se siente muy solo o triste aunque tenga amigos. Es difícil pedir entusiasmo institucional cuando las instituciones ofrecen precariedad, contenidos que no conectan y poca capacidad de escucha.
La familia aparece como excepción. El 76% todavía vive con su familia de origen y, según el estudio, sigue siendo la principal red de apoyo. Eso tampoco debe leerse automáticamente como incapacidad para independizarse. Salarios bajos, vivienda cara, cuidados y empleo informal convierten la independencia en un lujo para muchos.
La brecha de género añade otra dimensión. Entre los 25 y 29 años, 73.7% de los hombres trabaja frente a 53.3% de las mujeres. Casi 40% de ellas no estudia ni tiene empleo remunerado, una diferencia vinculada con responsabilidades familiares y de cuidados.
El país puede seguir culpando a los jóvenes por no encajar o puede preguntarse por qué los lugares diseñados para integrarlos dejaron de ser atractivos, accesibles o útiles.
Una generación no se desconecta de todo por capricho colectivo. Cuando millones sienten que la escuela no habla su idioma, el empleo no ofrece estabilidad y la política no representa sus intereses, el problema deja de ser juvenil. Se vuelve institucional.






