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Cuando la pantalla escucha

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El titular de que ‘5 de cada 10 estudiantes usan IA como psicólogo’ mezcla porcentajes. Cerca de 9% de los universitarios encuestados la usa como apoyo emocional; dentro de ese grupo, 55.1% pide consejos sobre ansiedad, estrés, depresión o tristeza.

La frase “cinco de cada diez universitarios usan inteligencia artificial como psicólogo” tiene suficiente fuerza para convertirse en alarma nacional. También tiene un problema: no describe correctamente el universo de la encuesta.

El diagnóstico de la Secretaría de Educación Pública sobre inteligencia artificial en educación superior encontró que cerca de 92 mil estudiantes, alrededor de 9% de quienes respondieron la encuesta analizada, dijeron utilizar herramientas de IA con fines de apoyo emocional.

Dentro de ese grupo, 55.1% las usa para pedir consejos relacionados con ansiedad, estrés, depresión o tristeza.

Ahí nacen los “cinco de cada diez”. No son cinco de cada diez universitarios en general. Son aproximadamente cinco de cada diez entre quienes ya dijeron utilizar IA como apoyo emocional.

La diferencia no es menor. Corregir el titular tampoco vuelve irrelevante el fenómeno.

Noventa mil estudiantes recurriendo a un chatbot para hablar de emociones representan una señal suficientemente grande para que universidades, familias y autoridades presten atención.

Las razones son fáciles de entender. Una herramienta de inteligencia artificial está disponible a cualquier hora. Responde inmediatamente. No exige desplazamiento. No cobra por conversación. Y, para muchas personas, ofrece una sensación de anonimato que reduce el miedo a ser juzgadas.

Esas ventajas explican por qué alguien puede escribirle a una pantalla antes de contarle a un familiar que está atravesando ansiedad o tristeza.

También muestran una falla del sistema. La atención psicológica privada sigue siendo costosa para una parte importante de la población joven. Los servicios públicos y universitarios no siempre tienen capacidad suficiente, los tiempos de espera pueden ser largos y todavía existe estigma alrededor de pedir ayuda.

En ese contexto, la IA no compite solamente contra un psicólogo. Muchas veces compite contra no tener a nadie disponible.

La SEP plantea que esta realidad no debe interpretarse únicamente como alarma, sino como oportunidad para identificar necesidades emocionales que no están encontrando respuesta. Esa postura es razonable siempre que no se convierta en excusa para reemplazar servicios humanos.

Un chatbot puede ayudar a ordenar ideas, proponer ejercicios básicos, ofrecer información o acompañar una conversación.

No puede realizar una evaluación clínica completa, observar lenguaje corporal, conocer todos los antecedentes de una persona ni responder con responsabilidad profesional ante cada situación de crisis.

Además, los sistemas de IA pueden equivocarse. La respuesta que parece empática no necesariamente es terapéuticamente correcta. Un modelo puede validar una interpretación dañina, simplificar un problema complejo o no identificar señales que un profesional entrenado reconocería.

Por eso el debate no debería dividirse entre “la IA es peligrosa” y “la IA es el psicólogo del futuro”.

La pregunta útil es cómo se está usando y qué ausencia está llenando.

Si miles de jóvenes encuentran más sencillo abrir un chatbot que conseguir atención accesible, el dato revela una transformación tecnológica.

Pero también revela una prioridad pública pendiente. La conversación no debería terminar preguntando por qué alguien busca consuelo en una pantalla.

Debería continuar preguntando por qué conseguir una persona capacitada para escuchar sigue siendo, para tantos jóvenes, la opción más difícil.

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