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Superpeso: bendición para unos, golpe para otros

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El peso mexicano volvió a colocarse alrededor de los 17 pesos por dólar y con eso regresó también una vieja tentación política: presumir el tipo de cambio como si fuera una medalla colgada directamente desde Palacio Nacional.

Claudia Sheinbaum ha destacado públicamente la fortaleza del peso como uno de los indicadores positivos de la economía mexicana. Es comprensible: un peso apreciado luce bien, transmite estabilidad y permite construir un discurso de confianza. El problema aparece cuando se confunde correlación con autoría.

El Gobierno influye en las condiciones generales de una economía, claro. Una administración que mantiene disciplina fiscal, certidumbre jurídica o estabilidad política puede ayudar a fortalecer la confianza de los inversionistas. Pero el presidente de México no fija el precio del dólar. El tipo de cambio es determinado por el mercado y responde a una mezcla enorme de variables: decisiones del Banco de México y de la Reserva Federal, tasas de interés, entrada y salida de capitales, comercio exterior, expectativas sobre Estados Unidos, riesgos geopolíticos, petróleo, inversiones y percepción global sobre México.

Eso vuelve particularmente conveniente el discurso político cuando la moneda se aprecia.

Si el dólar baja, aparece rápidamente como prueba de que la economía está fuerte. Cuando el peso pierde terreno, entonces entran en escena “los mercados internacionales”, la incertidumbre externa, Donald Trump, las tasas estadounidenses o cualquier otro elemento que efectivamente influye en la cotización.

Y técnicamente ambas explicaciones pueden contener algo de verdad. El problema está en escoger quién merece el crédito dependiendo de si la gráfica sube o baja.

Si el mercado es responsable cuando el peso se deprecia, también hay que reconocer cuánto tiene que ver el mercado cuando se fortalece.

Fuera de la batalla narrativa, un peso fuerte sí tiene ventajas importantes.

México compra en dólares maquinaria, tecnología, componentes industriales, medicamentos, granos, combustibles y una enorme cantidad de productos. Si cada dólar cuesta menos pesos, importar también puede resultar más barato. Eso ayuda a contener algunos costos e incluso determinadas presiones inflacionarias, aunque ese beneficio no necesariamente llega completo ni inmediatamente al consumidor.

También ganan quienes viajan al extranjero, compran productos cotizados en dólares o pagan servicios internacionales. Para una familia mexicana que planea vacaciones en Estados Unidos, un dólar a 17 representa bastante más poder de compra que uno a 20.

Las empresas con determinadas deudas en dólares también pueden beneficiarse, dependiendo de la moneda en la que reciben sus ingresos y de cómo tengan cubiertos sus riesgos cambiarios.

Hasta ahí, todo parece celebración.

Pero el superpeso tiene otra cara.

Uno de los grupos que más puede resentirlo son las familias que reciben remesas. Un migrante puede mandar exactamente los mismos 500 dólares desde Estados Unidos, pero su familia recibe menos pesos cuando los cambia. Con un dólar a 20, esos 500 dólares equivaldrían a 10 mil pesos. Con uno a 17, representan 8 mil 500.

El envío no disminuyó. Lo que disminuyó fue su valor convertido a pesos.

Los exportadores también enfrentan presión. México vende una cantidad gigantesca de productos al exterior, especialmente manufacturas hacia Estados Unidos. Una empresa que cobra en dólares pero paga salarios, servicios e impuestos en pesos recibe menos moneda nacional por cada dólar vendido.

Para las compañías que importan buena parte de sus insumos, el efecto puede compensarse. Para otras, significa márgenes más estrechos y menor competitividad.

El turismo enfrenta una lógica parecida. Un México con moneda fuerte resulta relativamente más caro para visitantes extranjeros. Los dólares de un turista estadounidense compran menos habitaciones, comida, transporte y entretenimiento que cuando el peso está depreciado.

Eso tampoco significa que dejarán de llegar turistas. Significa que México pierde parte de la ventaja cambiaria que durante años hizo relativamente barato visitar el país.

Y luego está la advertencia más importante: un peso fuerte no significa automáticamente una economía fuerte.

La moneda puede apreciarse mientras el crecimiento económico sigue siendo mediocre. Puede hacerlo mientras la inversión privada permanece débil, mientras la productividad avanza poco o mientras existen problemas fiscales importantes.

Por eso el tipo de cambio sirve como indicador, pero no como certificado de buena administración.

El verdadero éxito económico no debería medirse únicamente preguntando cuántos pesos cuesta hoy un dólar, sino cuánto está creciendo el país, cuánto invierte, cuánto produce y cuánto aumenta realmente el poder adquisitivo de los hogares.

Sheinbaum puede presumir legítimamente que México mantiene una moneda fuerte dentro de un entorno internacional complicado. Lo que resulta menos legítimo es apropiarse políticamente de cada apreciación mientras las depreciaciones se explican exclusivamente por fuerzas externas.

Los mercados no cambian de autor dependiendo de si la gráfica favorece o incomoda al gobierno.

El superpeso es buena noticia para algunos, mala para otros y, sobre todo, una consecuencia de muchas fuerzas actuando al mismo tiempo.

Y quizá esa sea la parte menos cómoda para cualquier presidente: el dólar no vota por Morena, tampoco por la oposición. Vota todos los días con dinero.

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