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Ahora se farmea el aura

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Las nuevas batallas de aura parecen absurdas para los adultos, pero quizá son la versión digital de las competencias juveniles que cada generación creyó haber inventado.

Cada generación tiene una extraña necesidad de mirar a la siguiente y concluir que finalmente llegó el apocalipsis cultural. Hoy basta con ver una batalla de “farmear aura” para que muchos adultos pregunten qué están haciendo esos niños, por qué se mueven así y en qué momento dejamos de entender el mundo. La respuesta más divertida es que probablemente sí lo entendemos: nosotros también hicimos cosas parecidas, solamente que tenían otro nombre y no existía TikTok para documentarlas.

Farmear aura consiste, en términos muy simples, en acumular presencia, estilo o una especie de prestigio simbólico. En los videos virales aparecen jóvenes compitiendo con poses, miradas, movimientos inspirados en videojuegos, anime, memes y emotes. El público reacciona, decide quién “tiene más aura” y convierte la escena en una batalla. Para alguien que creció antes de Fortnite puede parecer ridículo. Pero habría que recordar las competencias de freestyle, los círculos de breakdance, la fiebre del tecktonik, las batallas de baile y todas aquellas formas de demostrar frente a los amigos quién tenía más estilo.

La diferencia principal no está en la necesidad juvenil de destacar. Está en las referencias culturales. Los niños y adolescentes actuales crecieron dentro de videojuegos, redes sociales, streamers, memes e influencers. Sus movimientos no imitan necesariamente a una estrella de pop o a un bailarín de televisión; imitan animaciones digitales, personajes y gestos que circulan en internet. Lo que antes ocurría en una plaza o una fiesta hoy nace, se modifica y se viraliza en plataformas.

Por supuesto, internet ya encontró la forma de monetizarlo. Han aparecido publicaciones y ofertas de supuestos cursos para aprender a “farmear aura”, porque aparentemente ninguna moda puede existir sin que alguien intente vender una capacitación. Si esto continúa, no sería extraño encontrar un “máster en presencia digital” con módulo de mandíbula, mirada y emote avanzado.

Pero burlarse demasiado también sería olvidar nuestra propia adolescencia. Muchas tendencias que hoy recordamos con nostalgia parecían absurdas para los adultos de entonces. Ellos también preguntaban qué sentido tenía improvisar rimas en una esquina, girar sobre el piso o pasar horas aprendiendo una coreografía.

Lo interesante es que estas batallas muestran cómo los videojuegos dejaron de ser únicamente entretenimiento frente a una pantalla y se convirtieron en un lenguaje corporal y social. Los jóvenes llevan al mundo físico las referencias que consumen digitalmente.

Dentro de veinte años, probablemente quienes hoy compiten por aura verán a sus hijos haciendo algo todavía más extraño y pronunciarán la frase eterna de toda generación: “En mis tiempos sí hacíamos cosas normales”.

No, no las hacíamos. Solamente nuestras rarezas tenían otra música, otros pasos y menos cámaras grabándolo todo. También hay algo sano en permitir que estas expresiones juveniles existan sin exigirles una utilidad adulta. No todo tiene que convertirse en disciplina profesional, emprendimiento o contenido “productivo”. A veces los jóvenes solamente quieren competir, reírse y construir códigos propios. Que ahora lo hagan con referencias digitales no los vuelve menos creativos; solamente confirma que la cultura juvenil siempre recicla, mezcla y renombra lo que heredó.

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