Un terremoto de magnitud 7.2 sacudió Ayacucho; la profundidad del movimiento ayuda a entender por qué un número enorme no se tradujo de inmediato en una devastación equivalente.
Escuchar “terremoto de magnitud 7.2” activa inmediatamente una asociación con destrucción. Es comprensible. En la memoria latinoamericana existen demasiados terremotos que transformaron ciudades completas en segundos. Por eso el movimiento registrado en el sur de Perú produjo alarma inmediata dentro y fuera del país. El epicentro se ubicó cerca de Coracora, en Ayacucho, y el sismo se sintió en una zona amplia.
Sin embargo, una magnitud por sí sola no cuenta toda la historia. La profundidad importa muchísimo. Un terremoto profundo puede sentirse a grandes distancias, pero la energía que alcanza la superficie no se comporta igual que la de un evento superficial. Eso ayuda a explicar por qué los reportes iniciales de daños y personas lesionadas fueron considerablemente menores a lo que mucha gente imaginó al ver el 7.2 en una notificación.
Esa explicación científica no debe convertirse en una forma de minimizar lo ocurrido. Hubo afectaciones, cortes de energía y estructuras que tendrán que revisarse. Además, las réplicas producen un efecto psicológico que no aparece en las estadísticas: después del primer movimiento, cada vibración, ruido o cambio en el piso vuelve a activar el miedo.
Los terremotos también muestran qué tan preparada está una comunidad. El sismo termina en segundos, pero la respuesta depende de edificios, protocolos, sistemas de comunicación, rutas de evacuación y capacidad hospitalaria construidos durante años. En países sísmicos como Perú, Chile o México, la preparación no puede ser una campaña ocasional. Tiene que formar parte de la vida pública.
Existe además una tendencia humana a evaluar un sismo únicamente por el número de víctimas. Si no hay una tragedia enorme, rápidamente se considera que “no pasó nada”. Eso es un error. Un movimiento fuerte que deja daños limitados también puede ser evidencia de infraestructura que resistió, profundidad favorable, ubicación menos poblada o simple fortuna. Cada uno de esos factores merece análisis.
Para México hay una lección familiar. Estamos acostumbrados a preguntar primero “¿de cuánto fue?” y después “¿dónde fue?”. Pero la magnitud no debería ser la única medida para interpretar un evento. La distancia, la profundidad, el tipo de suelo y la calidad de los edificios pueden cambiar completamente el resultado.
También conviene recordar la importancia de verificar información durante las primeras horas. Después de un terremoto aparecen videos antiguos, cifras no confirmadas y mensajes que se comparten por miedo. Las autoridades y los medios tienen la responsabilidad de actualizar sin exagerar.
El terremoto de Perú fue fuerte. Muy fuerte. Que los daños preliminares no sean catastróficos es una buena noticia, no una razón para ignorarlo.
La tierra recordó nuevamente algo que en nuestra región conocemos bien: no podemos controlar cuándo se mueve, pero sí podemos decidir qué tan preparados estamos cuando ocurra. Para quienes viven en zonas sísmicas, el mensaje práctico sigue siendo el mismo: identificar zonas seguras, tener una mochila de emergencia y conocer los protocolos de la vivienda o el trabajo. La magnitud impresiona, pero la preparación es lo que realmente puede cambiar el desenlace cuando el siguiente movimiento llegue sin aviso.






