El actor británico murió a los 80 años después de una carrera que convirtió la extravagancia, el humor negro y la amenaza en una forma de arte. De Frank-N-Furter a Pennywise, Curry construyó personajes imposibles de confundir con nadie más.
Tim Curry pertenecía a una categoría muy rara de actores: aquellos que podían entrar a una escena y alterar por completo su temperatura. No necesitaba ser protagonista. No necesitaba demasiados minutos. Le bastaban una mirada, una sonrisa incómoda o una forma muy particular de decir una frase para que el resto del elenco pareciera estar jugando en otra frecuencia.
Murió a los 80 años en Los Ángeles, después de una carrera de casi seis décadas. Para mucha gente será siempre el Dr. Frank-N-Furter de The Rocky Horror Picture Show. Para otros, Pennywise en la adaptación televisiva de It de 1990. Para una generación distinta será Wadsworth en Clue, Rooster en Annie, el conserje de Home Alone 2 o alguna de las decenas de voces que prestó a personajes animados.
Esa diversidad explica mejor su legado que cualquier lista de premios.
Curry no interpretaba villanos como simples amenazas. Les daba elegancia, comicidad, exceso y, sobre todo, personalidad. Incluso Pennywise, uno de sus personajes más aterradores, funcionaba precisamente porque parecía disfrutar demasiado lo que hacía. El miedo no venía solamente del maquillaje. Venía del actor detrás de él.
Con Frank-N-Furter hizo algo todavía más importante. The Rocky Horror Picture Show terminó convirtiéndose en una obra de culto alrededor de la libertad, la identidad, la sexualidad y el derecho a existir fuera de las convenciones. Curry entraba en tacones, corsé y maquillaje sin pedir disculpas y convirtió esa seguridad absoluta en uno de los personajes más reconocibles de la cultura popular. La película pasó de ser un estreno extraño a convertirse en un fenómeno que sigue proyectándose y reuniendo comunidades décadas después.
Su vida cambió radicalmente en 2012, cuando sufrió un derrame cerebral que afectó seriamente su movilidad. Desde entonces utilizó silla de ruedas y redujo sus apariciones públicas, aunque siguió realizando trabajos de voz, entrevistas y encuentros con seguidores.
Quizá esa última etapa también dice mucho sobre él.
La industria del entretenimiento suele tratar la imagen física como si fuera inseparable del talento. Curry demostró que su presencia nunca dependió únicamente del cuerpo. Su voz, su sentido del humor y esa capacidad para apropiarse de cualquier personaje permanecieron intactos.
Por eso su muerte provoca una nostalgia particular.
No estamos despidiendo simplemente al actor que interpretó a Pennywise o Frank-N-Furter.
Estamos despidiendo a uno de esos intérpretes que hicieron que ser raro pareciera elegante.
Hollywood produce constantemente protagonistas nuevos.
Lo verdaderamente difícil es producir alguien que no pueda reemplazarse.
Y Tim Curry fue exactamente eso.






