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Mara Lezama: ¿quién pagó los vuelos?

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La gobernadora Mara Lezama rechazó haber utilizado recursos públicos para pagar los vuelos privados documentados por Reforma. Su aclaración atiende uno de los cuestionamientos centrales del caso, pues utilizar dinero del erario para viajes personales implicaría un problema directo para cualquier funcionaria pública. Sin embargo, afirmar que esos traslados no fueron cubiertos con recursos gubernamentales no necesariamente resuelve todas las dudas, ya que queda pendiente una pregunta fundamental: quién pagó los vuelos y bajo qué condiciones fueron contratados o utilizados.

Reforma publicó información sobre decenas de vuelos privados y estimó que una parte de esos traslados habría representado un costo cercano a los 20 millones de pesos. La cifra puede estar sujeta a discusión porque el precio de la aviación privada no es uniforme. Existen vuelos compartidos, tarifas corporativas, aeronaves reposicionadas, invitaciones y distintos esquemas de contratación que pueden modificar considerablemente el costo final. Aun así, cuando el número de viajes acumulados es significativo, también aumenta la necesidad de ofrecer una explicación suficientemente detallada sobre su financiamiento.

Si los vuelos fueron pagados directamente con ingresos personales de la gobernadora, la manera más sencilla de despejar las dudas sería documentarlo. Si se trató de invitaciones, resultaría pertinente conocer quién las realizó y bajo qué circunstancias. En caso de que existieran descuentos, cortesías o algún otro beneficio, también sería importante explicar qué relación permitió acceder a ellos. La exigencia de transparencia aumenta todavía más si alguna de las aeronaves o empresas involucradas tiene vínculos comerciales con proveedores que mantienen contratos o negocios con el gobierno estatal.

Una relación de ese tipo no demostraría por sí misma la existencia de corrupción. Una empresa puede prestar servicios de aviación y, al mismo tiempo, tener actividades comerciales relacionadas con un gobierno sin que exista necesariamente una contraprestación ilegal. Sin embargo, los conflictos de interés no se analizan únicamente a partir de la existencia de un delito, sino también de la posibilidad de que una figura pública reciba beneficios de actores que tienen intereses económicos frente a la administración que encabeza.

El caso también toca uno de los puntos más sensibles del discurso político de Morena. Durante años, la austeridad fue presentada por el movimiento no solamente como una política presupuestaria, sino como una diferencia moral frente a gobiernos anteriores. Los aviones privados, los helicópteros y otros lujos fueron utilizados repetidamente como símbolos de los excesos del llamado antiguo régimen. Por ello, cuando una figura relevante del propio movimiento aparece utilizando servicios de esa naturaleza, la comparación resulta inevitable.

Viajar en un avión privado no constituye automáticamente una irregularidad y una gobernadora tiene derecho a utilizar sus recursos personales como considere conveniente. Sin embargo, cuando el costo aparente de esos servicios alcanza cantidades elevadas, también existe una obligación política de explicar que el origen de los recursos utilizados resulta compatible con sus ingresos, patrimonio y declaraciones correspondientes. En ese escenario, la transparencia podría convertirse en la vía más sencilla para cerrar la polémica.

Presentar facturas, contratos, comprobantes o una explicación detallada de los viajes más relevantes permitiría responder de manera mucho más contundente que una negativa general. La afirmación de que los vuelos no fueron pagados con dinero público responde una parte importante del cuestionamiento, pero deja sin resolver otras preguntas relacionadas con quién cubrió los gastos, cuánto se pagó realmente y si existieron beneficios otorgados por terceros.

La función del periodismo no debería consistir en asumir que cada vuelo privado representa un acto de corrupción, pero tampoco en considerar suficiente una declaración general cuando existen dudas razonables sobre el origen de los recursos. El punto de fondo es la congruencia. Si un gobierno coloca la austeridad entre sus principios centrales, las figuras que lo representan deben estar preparadas para explicar con precisión cómo financian gastos personales de alto costo, especialmente cuando esos servicios se encuentran fuera del alcance económico de la mayoría de los ciudadanos.

No se trata solamente de morbo alrededor del estilo de vida de una gobernadora, sino de rendición de cuentas. Si Mara Lezama presenta documentación suficiente que acredite el origen privado y legítimo del dinero utilizado para esos vuelos, la controversia podría cerrarse rápidamente. Si, por el contrario, permanece sin respuesta la pregunta sobre quién pagó los traslados, las dudas probablemente continuarán creciendo.

La transparencia, además, no debería entenderse como una concesión frente a un medio crítico, sino como una obligación inherente a cualquier persona que administra recursos y toma decisiones públicas. El caso también representa una prueba para el estándar que Morena pretende aplicar hacia el interior de su propio movimiento. Si durante años cuestionó el uso de la aviación privada y los lujos de funcionarios pertenecientes a otras administraciones, ahora tiene la oportunidad de demostrar que la misma exigencia de explicación y rendición de cuentas también se aplica cuando la señalada es una gobernadora surgida de sus propias filas.

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