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NFL: el costo cerebral de los golpes

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Un estudio establece que al menos 24.5% de los exjugadores de NFL fallecidos entre 2016 y 2021 tenía CTE; la cifra es un mínimo conservador y no permite afirmar que uno de cada cuatro jugadores activos desarrollará la enfermedad.

El estudio que estima que al menos una cuarta parte de los exjugadores de la NFL fallecidos entre 2016 y 2021 tenía encefalopatía traumática crónica, conocida como CTE, obliga a discutir el futbol americano con precisión. La cifra es alarmante, pero también puede malinterpretarse fácilmente. Los investigadores identificaron a 878 exjugadores de la liga que murieron durante ese periodo. En 235 casos, las familias donaron los cerebros para análisis. De esos, 215 presentaban CTE. Al comparar esos 215 diagnósticos con el total de 878 exjugadores fallecidos identificados, se obtiene una prevalencia mínima de aproximadamente 24.5%. Es importante utilizar la palabra mínima porque no todos los cerebros fueron estudiados. Sin embargo, tampoco sería correcto afirmar que uno de cada cuatro jugadores activos de la NFL desarrollará la enfermedad. La muestra está compuesta por exjugadores fallecidos y la CTE actualmente solo puede diagnosticarse de manera definitiva después de la muerte. Por eso el estudio establece un piso entre ese grupo, no una predicción individual para todos los profesionales actuales. Aun con esas limitaciones, los resultados son inquietantes. La CTE se relaciona con exposición repetida a impactos en la cabeza y puede asociarse con alteraciones cognitivas, conductuales y neurológicas. El problema no se reduce a las conmociones cerebrales que producen síntomas evidentes. Investigaciones recientes han puesto atención en la acumulación de golpes que quizá no provocan una conmoción diagnosticada, pero sí generan estrés repetido sobre el cerebro. Ese punto obliga a mirar mucho antes de la NFL. Los profesionales llegan a la liga después de años de futbol juvenil, preparatoria y universidad. La exposición puede comenzar desde edades muy tempranas. Por eso la prevención no puede depender únicamente de modificar reglas profesionales. La NFL ha introducido protocolos, cambios en prácticas, sanciones a determinados contactos y nuevas tecnologías de protección. Son avances relevantes, pero el futbol americano continúa siendo un deporte de colisión. La discusión real es cuánto puede reducirse el riesgo sin transformar completamente el juego. También existe una obligación de transparencia. Los jugadores deben conocer la evidencia disponible para tomar decisiones informadas sobre su carrera. Las familias necesitan información clara. Y las ligas infantiles deberían revisar a qué edad es razonable introducir contacto pleno. El estudio no demuestra que el futbol americano deba desaparecer. Demuestra que el costo neurológico potencial no puede tratarse como una excepción anecdótica. Durante décadas, el espectáculo celebró la violencia controlada como parte de su identidad. Hoy la ciencia obliga a observar lo que ocurre después de los aplausos. Cada tackle puede durar segundos. Sus consecuencias, en algunos casos, pueden acompañar a un jugador durante toda la vida. Para la liga, el desafío será demostrar que las medidas adoptadas reducen realmente la exposición y no solo mejoran la comunicación pública. Cambiar cascos o protocolos ayuda, pero el indicador importante será si las generaciones futuras muestran menos daño neurológico. Ese resultado tardará años en conocerse. Mientras tanto, la responsabilidad es actuar con la mejor evidencia disponible, incluso cuando esa evidencia incomode a una industria construida alrededor del contacto físico.

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