La Universidad abrió 2 mil 24 lugares en 66 licenciaturas para aspirantes no seleccionados; la medida amplía oportunidades, pero llega después de un proceso marcado por cuestionamientos y desconfianza.
La decisión de la UNAM de abrir una Segunda Opción con 2 mil 24 lugares disponibles en 66 licenciaturas es una buena noticia para miles de aspirantes, pero también funciona como recordatorio de un proceso de admisión que este año quedó marcado por errores, sospechas y desgaste institucional. Después de las controversias alrededor del examen en línea, las acusaciones de trampas, la aplicación de un examen de control y los retrasos, ofrecer una nueva oportunidad puede ayudar a reducir el número de lugares vacantes y permitir que estudiantes con puntajes competitivos ingresen a carreras distintas a su primera elección. La medida tiene lógica académica y administrativa. Una universidad pública con espacios disponibles debería buscar mecanismos transparentes para ocuparlos antes de cerrar definitivamente el proceso. El problema está en la percepción. Cuando una institución enfrenta cuestionamientos sobre la integridad de su examen y después anuncia miles de lugares adicionales, una parte de la audiencia interpreta que esos espacios aparecieron de la nada. En realidad, las vacantes pueden responder a cupos no ocupados, renuncias, resultados del examen de control y diferencias entre demanda y oferta en distintas licenciaturas. La UNAM tendría que explicar ese mecanismo con absoluta claridad para evitar que una oportunidad legítima sea vista como improvisación. El esquema anunciado permite que más de 16 mil aspirantes elijan hasta tres opciones y asignará lugares con base en los aciertos obtenidos. Ese criterio mantiene una lógica meritocrática dentro del proceso, pero también evidencia la enorme desigualdad entre carreras. Algunas concentran decenas de miles de solicitudes mientras otras tienen capacidad disponible. México necesita una discusión más amplia sobre orientación vocacional, oferta educativa y mercado laboral. No basta con aumentar lugares en las carreras más demandadas si no existen recursos docentes, infraestructura y calidad suficiente. Tampoco tiene sentido mantener espacios vacíos en programas que podrían ofrecer buenas oportunidades simplemente porque los estudiantes conocen poco sobre ellos. La Segunda Opción puede convertirse en un mecanismo útil más allá de esta coyuntura si se institucionaliza con reglas previsibles desde el inicio. De esa manera, los aspirantes sabrían que no obtener su primera carrera no significa necesariamente quedar fuera de la Universidad. Para lograrlo, la UNAM debe cuidar un activo fundamental: confianza. Después de un proceso tan cuestionado, cada nueva decisión necesita explicarse mejor que nunca. Ofrecer 2 mil 24 lugares adicionales puede reparar parte del daño y abrir puertas reales a estudiantes. Pero la Universidad también debería revisar qué falló para que una medida positiva llegue acompañada de la pregunta inevitable de este año: por qué tuvo que haber tanto relajo antes de encontrar una solución. La Universidad también debería aprovechar este episodio para revisar el diseño de futuros procesos digitales. La aplicación en línea ofrece ventajas enormes de cobertura y logística, pero solo funciona si existen mecanismos sólidos para verificar identidad, impedir suplantaciones y responder con rapidez cuando aparecen anomalías. La confianza de los aspirantes depende de saber que todos compiten bajo las mismas reglas. Si la UNAM decide mantener modalidades digitales, tendrá que invertir no solo en plataformas, sino en protocolos de supervisión, comunicación y auditoría. La Segunda Opción puede aliviar el resultado de este ciclo, pero la verdadera corrección será evitar que el próximo proceso vuelva a necesitar medidas extraordinarias.






