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El Niño se vuelve gigante

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La OMM advierte que el fenómeno seguirá fortaleciéndose y podría extenderse hasta 2027, con impactos distintos por región.

La advertencia de Naciones Unidas y de la Organización Meteorológica Mundial sobre el fortalecimiento de El Niño debería preocupar menos por la espectacularidad de la frase “proporciones gigantescas” y más por lo que revela sobre la vulnerabilidad de países como México. El Niño es un fenómeno natural del sistema climático que modifica temperaturas del Pacífico, patrones de lluvia, sequías, ciclones y frentes fríos en distintas regiones del planeta. No es consecuencia directa del cambio climático y ha ocurrido durante siglos. Sin embargo, ahora se desarrolla sobre una base térmica mucho más alta. Eso significa que sus efectos pueden combinarse con océanos más calientes, olas de calor más intensas y ecosistemas ya sometidos a estrés. Para México, el riesgo no es uniforme. Algunas regiones pueden experimentar lluvias extraordinarias mientras otras enfrentan sequía; el Pacífico puede registrar mayor actividad ciclónica y determinadas zonas pueden sufrir cambios en temperaturas y disponibilidad de agua. Esta complejidad es precisamente la razón por la que las autoridades deberían evitar mensajes simplistas. No basta con decir que “viene más calor” o que “habrá más huracanes”. La preparación debe ser regional, basada en escenarios y conectada con infraestructura. El país continúa reaccionando a demasiados eventos meteorológicos como si fueran sorpresas inevitables, a pesar de que buena parte de los riesgos se conocen con meses de anticipación. Cada temporada deja inundaciones en ciudades donde se construyó sobre cauces, comunidades aisladas por carreteras vulnerables y sistemas de drenaje incapaces de manejar lluvias intensas. Al mismo tiempo, las sequías muestran la fragilidad de redes de agua, presas y sistemas agrícolas. El Niño no crea esas debilidades; las expone. La discusión climática debería moverse, por tanto, de la predicción al presupuesto. ¿Cuánto se está invirtiendo en adaptación? ¿Qué municipios están actualizando mapas de riesgo? ¿Qué infraestructura crítica cuenta con planes de contingencia? ¿Cómo se protege a agricultores frente a pérdidas por cambios en lluvia y temperatura? Las alertas científicas tienen poco valor si no modifican decisiones públicas. También existe una responsabilidad ciudadana y mediática. El clima extremo genera contenido viral, pero reducirlo a imágenes espectaculares de inundaciones o incendios oculta la dimensión estructural. El impacto de un fenómeno meteorológico depende tanto de su intensidad como de las condiciones sociales donde golpea. Una tormenta fuerte puede ser manejable en una ciudad con drenaje, alertas y planificación; la misma tormenta puede convertirse en desastre donde existe ocupación irregular y abandono institucional. El fortalecimiento de El Niño debe tomarse como una prueba anticipada. México todavía tiene tiempo para prepararse mejor. Si en 2027 volvemos a escuchar que las autoridades fueron “sorprendidas” por lluvias, sequías o calor que los científicos advirtieron con meses de anticipación, el problema ya no será falta de información. Será falta de prevención. El reto también será comunicar incertidumbre sin caer en alarmismo. Los pronósticos estacionales expresan probabilidades, no destinos inevitables. Prepararse para escenarios adversos no significa asegurar que todos ocurrirán, sino reducir daños si se materializan. Esa cultura de prevención sigue siendo débil en México. Se invierte mucho políticamente en la respuesta posterior al desastre porque produce imágenes, discursos y apoyos visibles; se invierte mucho menos en obras y protocolos que, precisamente por funcionar, evitan que la tragedia ocurra y rara vez generan titulares.

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