Claudia Sheinbaum ironizó sobre el acercamiento entre Vicente Fox y Alejandro Moreno rumbo a 2027. La imagen del expresidente que derrotó al PRI hace más de dos décadas sentado ahora con la dirigencia tricolor ofrece municiones a Morena, aunque también abre otra discusión: hasta dónde debe llegar una presidenta cuando utiliza su conferencia oficial para atacar a sus adversarios políticos.
Vicente Fox llegó a la Presidencia en el año 2000 con una promesa que parecía resumir toda una época: sacar al PRI de Los Pinos.
Veintiséis años después, el expresidente panista entró a la sede nacional de ese mismo partido para reunirse con Alejandro “Alito” Moreno y hablar de construir una alternativa política frente a Morena.
La fotografía prácticamente escribió sola el discurso de Claudia Sheinbaum.
Durante su conferencia matutina de este lunes 7 de septiembre, la presidenta ironizó sobre el encuentro y cuestionó que la oposición presente a Fox como parte de una renovación política.
“Se fueron para atrás”, dijo, antes de calificar al expresidente como “traidor a la democracia” y burlarse de su nueva cercanía con el PRI. También sostuvo que PRI y PAN representan un regreso a los privilegios y la corrupción.
Y resulta complicado negar que existe una contradicción política evidente.
Fox construyó buena parte de su carrera denunciando al régimen priista. Su victoria presidencial representó precisamente la primera alternancia después de más de siete décadas de gobiernos emanados del PRI.
Que ahora aparezca junto a su dirigencia hablando de defender la democracia no invalida automáticamente sus argumentos, pero sí obliga a explicar qué cambió.
Porque si la única propuesta opositora consiste en reunir a los personajes que alguna vez se enfrentaron entre ellos bajo la lógica de que Morena representa ahora un enemigo mayor, difícilmente puede venderse como renovación.
La oposición tiene derecho —y en cualquier democracia resulta indispensable— a organizarse, construir alianzas y disputar el poder. Pero necesita algo más que una colección de figuras conocidas.
Necesita proyecto.
Sin embargo, hay otra parte de la escena que tampoco debería normalizarse.
Sheinbaum no estaba hablando como dirigente de Morena en un acto partidista. Lo hizo desde una conferencia presidencial, utilizando una plataforma institucional para ridiculizar a sus adversarios y anticipar incluso que electoralmente “no les irá muy bien”.
Ese comportamiento reproduce una práctica que durante años caracterizó las conferencias de Andrés Manuel López Obrador: convertir el espacio informativo de la Presidencia en escenario permanente de confrontación política.
Y ahí existe una contradicción.
Morena puede criticar legítimamente a PRI, PAN, Fox o Moreno. Pero cuando esa crítica parte diariamente desde Palacio Nacional, existe una línea cada vez más delgada entre comunicar acciones de Gobierno y utilizar la Presidencia para combatir electoralmente a la oposición.
Fox y Moreno también parecen facilitarle demasiado el trabajo.
Durante su encuentro hablaron sobre democracia, instituciones, libertades, contrapesos y participación ciudadana, mientras llamaron a sumar organizaciones y fuerzas políticas para construir una alternativa rumbo a 2027.
El problema será convencer a los ciudadanos de que esa alternativa significa futuro y no simplemente reorganizar a los protagonistas del pasado.
Sheinbaum aprovechó esa debilidad con habilidad política.
Pero una democracia fuerte necesita dos cosas al mismo tiempo: una oposición capaz de renovarse y un Gobierno capaz de resistir la tentación de utilizar todo el peso de la Presidencia para burlarse de quien pretende sustituirlo.
Por ahora, ninguna de las dos partes parece particularmente interesada en abandonar la confrontación.
Y mientras unos desempolvan viejas figuras, desde Palacio Nacional agradecen el regalo.






