El caso del asesinato de Jonathan Meléndez, tecladista de Camilo Séptimo, y de varios integrantes de su familia acaba de revelar uno de sus detalles más perturbadores. Diego Sebastián “N”, señalado como presunto autor material del multihomicidio, habría confesado que la primera víctima fue el perro de la familia.
La explicación atribuida al detenido es escalofriante por su frialdad: decidió matarlo porque “andaba muy nervioso” y podía alertar a quienes estaban dentro del departamento. Es decir, la mascota habría sido eliminada como parte de una secuencia previa al ataque contra las personas que estaban en el inmueble.
Ese dato cambia la forma en que se mira la escena. Ya no aparece como un estallido repentino de violencia, sino como una acción organizada por etapas, donde incluso el comportamiento del perro fue interpretado como obstáculo. La mascota habría reaccionado al ambiente, al movimiento o a la presencia de alguien extraño y, precisamente por eso, habría sido la primera en ser atacada.
Los estudios forenses apuntan a que los crímenes ocurrieron durante aproximadamente una hora y media, entre las seis y las siete y media de la tarde del 1 de septiembre. Dentro del departamento fueron localizados Jonathan Meléndez, su esposa Ana Paula, quien tenía cuatro meses de embarazo; su hija de tres años; Aleyda Romero, una joven de 21 años que trabajaba en el domicilio; y el perro de la familia. Un hijo de la pareja, de seis años, fue encontrado con vida y sin lesiones.
La línea principal de investigación sigue apuntando a una disputa económica. Diego Sebastián “N” y otro detenido, Gerardo “N”, estarían relacionados con Jonathan por asuntos comerciales vinculados con la administración de propiedades. Esa relación de confianza habría facilitado el acceso al fraccionamiento sin levantar sospechas.
Pero el componente económico vuelve todavía más oscuro el expediente. De acuerdo con los reportes surgidos de la investigación, mientras ocurrían los ataques, el presunto agresor habría seguido exigiendo información sobre la ubicación de dinero en dólares y criptomonedas. Eso sugiere que la violencia no habría sido únicamente una reacción personal o una pelea que se salió de control, sino parte de una búsqueda de recursos que continuó incluso mientras las víctimas eran atacadas.
La muerte del perro, en ese contexto, deja de ser un detalle lateral. Se convierte en una pieza que ayuda a reconstruir la lógica del ataque. Si realmente fue asesinado primero para evitar que alertara a los demás, entonces el episodio apunta a una conducta fría, progresiva y consciente de lo que se estaba haciendo.
También hay algo especialmente brutal en esa escena: el perro terminó encontrado atado junto a la familia. No solo murió en el mismo lugar. Formó parte de una imagen final que resume la violencia de todo el caso.
Ahora la Fiscalía deberá seguir reconstruyendo la secuencia completa, determinar responsabilidades y establecer con precisión qué papel tuvo cada detenido. Pero mientras avanzan los peritajes, testimonios y procesos judiciales, el expediente ya dejó una imagen difícil de borrar: una familia atacada dentro de su propia casa, un niño de seis años como único sobreviviente y una mascota que, aparentemente, intentó hacer exactamente lo que hacen los perros cuando sienten peligro: alertar a los suyos.
Y por eso la confesión pega tanto. Porque detrás del dato criminal hay una escena todavía más humana y dolorosa: el perro habría percibido que algo estaba mal antes que todos los demás. Y por intentar advertirlo, habría sido el primero en morir.






