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México frente al espejo de PISA

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Los bajos resultados reabren el debate sobre una evaluación criticada por dos gobiernos, mientras millones de estudiantes siguen sin dominar aprendizajes básicos.

Los resultados de México en PISA reabren una discusión que durante años ha sido incómoda para los gobiernos: qué hacer cuando una evaluación internacional muestra que una parte importante de los estudiantes no domina aprendizajes fundamentales. La respuesta política ha oscilado entre cuestionar la prueba y prometer reformas. Andrés Manuel López Obrador llegó a descalificar sus resultados como parte de una visión “neoliberal”, aunque posteriormente confirmó la participación mexicana. Claudia Sheinbaum adopta un argumento más técnico al señalar que PISA tiene limitaciones y compara sistemas educativos con realidades socioeconómicas muy distintas. Esa crítica es válida. Ninguna evaluación internacional puede capturar por completo las desigualdades, contextos regionales y diferencias culturales de 91 países. Sin embargo, señalar las limitaciones del instrumento no elimina el problema que muestra. Si solo tres de cada diez estudiantes mexicanos alcanzan el nivel básico en matemáticas y más de cuatro de cada diez presentan bajo desempeño simultáneo en lectura, ciencias y matemáticas, el sistema educativo enfrenta una dificultad estructural. El debate útil no debería ser si PISA “tiene razón” en términos absolutos, sino si sus resultados coinciden con otras señales internas: rezago, abandono escolar, dificultades en comprensión lectora y bajo dominio de operaciones matemáticas. Cuando distintos indicadores apuntan en la misma dirección, desacreditar el termómetro deja de ser suficiente. México necesita evaluar mejor, no evaluar menos. Eso implica fortalecer diagnósticos nacionales, hacer públicos los resultados y utilizar la información para diseñar políticas específicas. También requiere aceptar que los efectos de la pandemia, la desigualdad y las diferencias territoriales siguen presentes. Un estudiante de una comunidad rural sin conectividad no compite en las mismas condiciones que uno de una escuela urbana bien equipada. Pero precisamente por eso la política educativa debe reducir esas brechas, no utilizarlas para relativizar resultados indefinidamente. La educación básica necesita maestros acompañados, materiales adecuados, infraestructura, evaluación diagnóstica y estrategias claras para recuperar aprendizajes. Además, el país debe dejar de modificar sus prioridades educativas cada sexenio. Los resultados de lectura o matemáticas no cambian de manera profunda en dos o tres años; requieren políticas sostenidas durante una generación. El ranking internacional puede ser discutible, pero la pregunta central sigue siendo sencilla: ¿nuestros alumnos están aprendiendo lo necesario para comprender textos, resolver problemas y participar en una economía cada vez más compleja? Si la respuesta es insuficiente, el gobierno debe concentrarse en eso. México no necesita defender su orgullo frente a Finlandia ni competir por un lugar en una tabla. Necesita que sus estudiantes dominen habilidades básicas antes de salir de la escuela. El país también debería discutir qué significa realmente “nivel básico”. No se trata de formar matemáticos profesionales, sino de que un adolescente pueda interpretar información, resolver problemas sencillos y utilizar conocimientos en situaciones cotidianas. Esas capacidades están directamente relacionadas con empleo, productividad y participación ciudadana. Cuando una proporción tan grande no alcanza ese piso, el rezago educativo se convierte en rezago económico. Criticar PISA puede ser legítimo; ignorar lo que revela sería mucho más costoso.