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El barril a 108 dólares

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El alza beneficia exportaciones mexicanas, pero puede presionar combustibles, inflación y finanzas públicas si la escalada se prolonga.

El salto del Brent hasta niveles cercanos a 108 dólares por barril confirma algo que los mercados energéticos repiten cada vez que una crisis escala en Medio Oriente: el precio del petróleo refleja tanto barriles reales como miedo anticipado. La tensión entre Estados Unidos e Irán aumenta el riesgo sobre rutas marítimas, instalaciones energéticas y capacidad de producción regional. Aunque no se haya interrumpido toda la oferta, los compradores incorporan una prima de riesgo ante la posibilidad de que ocurra. Ese mecanismo explica por qué un misil, una amenaza o un cierre parcial puede mover precios globales en horas. Para México, la situación genera una paradoja. Como productor y exportador de crudo, un precio más alto puede elevar ingresos por ventas externas y mejorar temporalmente ciertas cuentas de Pemex. Pero el país también importa combustibles y depende de cadenas de transporte cuyos costos reaccionan al mercado internacional. Si gasolina, diésel, fertilizantes o transporte marítimo se encarecen, la presión termina trasladándose a precios internos. Por eso celebrar un petróleo caro como una victoria automática sería simplista. El beneficio fiscal puede coexistir con un costo inflacionario para hogares y empresas. La mezcla mexicana cerca de 105 dólares también puede modificar supuestos del presupuesto y generar ingresos extraordinarios, pero la historia económica mexicana muestra que esos recursos deben manejarse con prudencia. Los precios energéticos son volátiles. Un gobierno que convierte una subida temporal en gasto permanente puede enfrentar problemas cuando el mercado corrige. Además, el conflicto vuelve a recordar la vulnerabilidad estructural de la economía global frente a unos cuantos corredores marítimos. Bab al-Mandeb, el Estrecho de Ormuz y otras rutas concentran flujos esenciales. Una interrupción prolongada puede obligar a barcos a tomar recorridos más largos, elevar seguros y aumentar costos logísticos incluso para países muy alejados del conflicto. Así es como una guerra a miles de kilómetros termina apareciendo en la gasolinera o en el precio de un producto transportado por carretera. Para México, la política energética debería aprovechar el episodio para discutir algo más profundo que el precio del día: cuánto queremos depender de combustibles fósiles expuestos a shocks geopolíticos y qué tan rápido pueden crecer alternativas. La transición energética no elimina de inmediato la necesidad de petróleo, pero reduce vulnerabilidad a largo plazo. Por ahora, el consumidor mexicano debería observar el mercado sin asumir que un barril a 108 dólares significa automáticamente una subida inmediata en la bomba. Entre el precio internacional y el precio final intervienen impuestos, subsidios, márgenes y política pública. Pero si la tensión persiste, la presión inevitablemente encontrará algún camino hacia la economía cotidiana. Para el gobierno mexicano, el escenario también pone a prueba su política de estímulos a combustibles. Cuando los precios internacionales suben, Hacienda puede reducir parte del IEPS para amortiguar el impacto al consumidor, pero eso implica renunciar a recaudación. El beneficio de un petróleo caro puede terminar compensándose parcialmente con el costo de contener la gasolina. Esa tensión muestra por qué no existe una ganancia simple. México vende crudo, compra combustibles y protege precios internos al mismo tiempo. Cada movimiento del mercado afecta varias cuentas distintas. La discusión seria debe considerar el balance completo, no celebrar únicamente el ingreso adicional de Pemex.