back to top

El país que se está haciendo mayor

Date:

Comparte en tus redes

La fecundidad ronda 1.6 hijos por mujer y el envejecimiento obligará a replantear pensiones, salud, cuidados, vivienda y mercado laboral.

La caída de la natalidad en México no significa que el país vaya a quedarse sin población en el corto plazo. México todavía supera los 130 millones de habitantes y seguirá siendo una de las naciones más pobladas del continente. Lo que está cambiando es la estructura por edades. La fecundidad ha descendido a alrededor de 1.6 hijos por mujer, por debajo del nivel de reemplazo generacional cercano a 2.1. Eso significa que, si la tendencia se mantiene durante varias décadas y no es compensada por migración, cada generación será numéricamente más pequeña que la anterior. La transición no ocurre de un día para otro. Sus efectos aparecen gradualmente en escuelas, mercado laboral, sistemas de salud, pensiones y hogares. México pasó durante buena parte del siglo XX por una etapa de familias numerosas y crecimiento poblacional acelerado. Hoy las personas forman pareja más tarde, postergan la maternidad y paternidad, tienen mayor acceso a anticonceptivos y enfrentan condiciones económicas y laborales distintas. También ha aumentado la escolaridad de las mujeres y su participación en el trabajo remunerado. Ninguna de esas variables explica por sí sola la caída; juntas forman una transformación social profunda. La economía sí ocupa un lugar central en la conversación cotidiana. Renta, vivienda, guarderías, alimentos, educación y falta de tiempo hacen que muchas personas jóvenes vean la crianza como una decisión financieramente difícil. Pero sería simplista afirmar que la gente deja de tener hijos únicamente porque “no alcanza el dinero”. También cambian las preferencias personales, expectativas profesionales, modelos de familia y percepciones sobre calidad de vida. El dato más importante quizá no sea cuántos bebés nacen hoy, sino qué implica el envejecimiento futuro. El Programa Nacional de Población ha proyectado que alrededor de 2034 podría haber más personas mayores de 60 años que niños menores de 12. Ese cruce modifica prioridades públicas. Una sociedad más envejecida necesitará más servicios geriátricos, cuidadores, medicamentos, accesibilidad urbana y sistemas de pensiones sostenibles. Al mismo tiempo, una fuerza laboral más pequeña tendrá que sostener una proporción mayor de personas jubiladas si no aumentan productividad, formalidad o participación laboral. Las escuelas también pueden enfrentar matrículas menores en algunas regiones, mientras crece la demanda de cuidados de largo plazo. La transición demográfica no es necesariamente una crisis. Países con baja natalidad pueden mantener altos niveles de bienestar si anticipan el cambio y reorganizan sus instituciones. El problema aparece cuando las políticas públicas siguen diseñadas para una población joven que ya no existe. México no se está vaciando. Está dejando atrás la pirámide poblacional que lo caracterizó durante décadas y entrando en una etapa donde la pregunta central será cómo cuidar, financiar y organizar una sociedad cada vez más longeva. Para las familias, el cambio también modifica expectativas. Durante décadas, buena parte de la política social y económica mexicana asumió hogares con varios hijos y abundante población joven. Esa base ya no puede darse por hecha. Guarderías, licencias, vivienda, horarios laborales y apoyos a la crianza pueden influir en decisiones reproductivas, aunque ninguna política garantiza que la natalidad vuelva a subir. Otros países han intentado incentivos económicos con resultados mixtos. México tendrá que decidir si busca elevar nacimientos o simplemente adaptarse a una población más vieja. Probablemente necesitará ambas cosas: facilitar que quien quiera tener hijos pueda hacerlo y preparar instituciones para una sociedad donde habrá proporcionalmente más adultos mayores.

Descubre más desde 1M Noticias

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo