La dirigencia ofrece publicar los estudios de las 17 coordinaciones estatales mientras crecen inconformidades internas y cuestionamientos de aliados.
La decisión de Morena de reservar temporalmente las encuestas utilizadas para definir coordinaciones estatales rumbo a 2027 ha generado una discusión que no depende únicamente de quién gana cada proceso. El punto central es la confianza en el mecanismo. Ariadna Montiel anunció que el partido hará públicos los estudios “uno por uno” cuando concluyan las 17 definiciones. Hasta ahora se han anunciado diez coordinaciones y ya existen inconformidades en entidades como Guerrero, Zacatecas, Baja California y Quintana Roo. El PT también ha cuestionado el procedimiento y ha dejado abierta la posibilidad de competir de manera separada en algunos estados. Es importante distinguir entre esas acusaciones y hechos comprobados. Que un aspirante diga haber estado arriba en sus propias mediciones no demuestra que la encuesta oficial haya sido manipulada. Morena sostiene que realiza un ejercicio propio acompañado por encuestas espejo y que, hasta el momento, los resultados han sido coincidentes. Al mismo tiempo, reservar los datos mientras se anuncian ganadores crea un problema previsible: quienes pierden no pueden revisar metodología, muestra, fechas, cuestionario o diferencias entre mediciones en el momento en que la decisión se comunica. En procesos internos, la transparencia no elimina conflictos, pero puede reducir la sensación de que las reglas cambian según el estado o el perfil. La dirigencia argumenta que publicar todo al final permitirá mostrar el panorama completo y evitar presiones durante las definiciones pendientes. Los críticos responden que verificar después de consumada una decisión tiene menos valor práctico que hacerlo cuando todavía existe posibilidad de aclaración. Ambas posiciones tienen lógica organizativa, pero la carga de credibilidad recae en el partido que administra el proceso. El problema aumenta porque Morena llega a 2027 como fuerza dominante en múltiples entidades y, por ello, una coordinación interna puede ser percibida como una ventaja electoral decisiva. Cuando la competencia más intensa ocurre dentro del mismo partido, las encuestas dejan de ser una herramienta técnica y se convierten en parte del equilibrio de poder. También está la relación con los aliados. El PT y el Verde necesitan saber si tendrán espacio real en las definiciones o si únicamente serán convocados después de que Morena haya tomado decisiones. La publicación prometida de los estudios puede aclarar algunas dudas, pero no resolverá por sí sola desacuerdos políticos. El verdadero examen será si los datos muestran reglas consistentes entre estados y si quienes perdieron aceptan el resultado. Transparencia no significa que todos queden satisfechos; significa que todos puedan entender con qué información se tomó una decisión. En un partido que ha defendido las encuestas como mecanismo de selección durante años, mostrar cómo se aplican no debería ser un gesto extraordinario, sino parte normal del proceso. Otro elemento será la metodología. Publicar porcentajes sin explicar tamaño de muestra, levantamiento, márgenes de error y fechas podría dejar casi las mismas dudas que existen ahora. Si Morena quiere utilizar la publicación como mecanismo de confianza, tendrá que mostrar suficiente detalle para que los datos puedan ser entendidos y comparados. Los aspirantes derrotados, por su parte, también tendrán responsabilidad: cuestionar una encuesta exige algo más que afirmar que otra medición les daba ventaja. Una discusión seria debe comparar estudios equivalentes y reconocer que ninguna encuesta interna es una fotografía perfecta del electorado. La transparencia ayuda precisamente a separar inconformidad política de objeciones metodológicas reales.





