La campaña de la Semana Europea del Deporte generó críticas por omitir a las deportistas de su imagen promocional.
La Semana Europea del Deporte busca animar a todas las personas a moverse, pero un cartel difundido en España incluía únicamente figuras masculinas. Tras las críticas, el ministerio lo retiró e indicó que el diseño había sido realizado por la empresa encargada de sus redes. Corregir la pieza fue una respuesta necesaria; también dejó abierta la pregunta de cómo se revisa una campaña institucional antes de publicarla. Una imagen oficial no determina por sí sola el estado del deporte femenino, pero sí comunica a quién se imagina como protagonista. Las niñas que entrenan y las atletas que ya compiten merecen aparecer en la invitación dirigida a todo el público.
Un cartel parece un detalle menor hasta que se convierte en la invitación oficial a participar en una actividad pública. Allí cada imagen comunica quién pertenece y quién queda en los márgenes. La Semana Europea del Deporte pretende llegar a una población diversa. Un diseño donde no aparece ninguna mujer contradice visualmente esa invitación, incluso si la omisión no fue deliberada. Por eso las críticas tuvieron fuerza: señalaban la distancia entre el mensaje general y la representación elegida.
Retirar la pieza fue una corrección rápida. La explicación de que la preparó una empresa encargada de redes sociales también deja una pregunta institucional: quién revisó y autorizó la publicación. La contratación externa no transfiere por completo la responsabilidad de una campaña firmada por un ministerio. Un procedimiento útil incluiría revisión editorial antes de difundir materiales, con personas capaces de detectar errores de contexto y de representación. Corregir después de las críticas es necesario; aprender a identificarlos antes sería mejor.
La conversación puede ir más allá de contar figuras femeninas en una imagen. ¿Cuántas deportistas reciben difusión sostenida? ¿Qué apoyos encuentran entrenadoras, equipos y niñas en su formación? Una campaña bien diseñada no sustituye esas políticas, pero tampoco es irrelevante. Las imágenes oficiales ayudan a fijar quién imaginamos como atleta. Si una niña mira una invitación pública a hacer deporte, debería poder verse dentro de esa historia sin tener que preguntar primero dónde quedaron las mujeres.
Cuando una institución escucha una crítica y modifica una pieza, el siguiente paso es mostrar cómo evitará repetir la omisión. Revisar imágenes, consultar a quienes forman parte del deporte y distribuir mejor la visibilidad no son gestos simbólicos si se vuelven hábitos. También conviene mirar quién recibe recursos y cobertura durante el resto del año. Una deportista puede aparecer en el próximo cartel y seguir sin apoyo para entrenar. La representación visual y la inversión material necesitan caminar juntas. La polémica habrá servido para algo si deja una práctica más cuidadosa que sobreviva a la semana de titulares. El objetivo de una campaña pública es invitar, no obligar a nadie a pedir que la incluyan después. El ministerio reconoció el problema al retirar el cartel. Ahora corresponde convertir esa respuesta en una forma de trabajar más atenta. No se trata de que una imagen resuelva todas las desigualdades del deporte, sino de que las instituciones no reproduzcan una ausencia que podrían haber detectado antes de pulsar publicar.






