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MORENA PIDE UNIDAD… ¿QUIÉN LE CREE?

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Los destapes muestran el peso de las mediciones, las redes políticas y la inconformidad de quienes perdieron.

La escena de los destapes de Morena deja una imagen conocida: dirigentes reunidos para pedir unidad y aspirantes que, apenas termina el acto, exigen revisar cómo se tomaron las decisiones. No es una contradicción menor. Las coordinaciones para las elecciones estatales de 2027 todavía no son candidaturas formales, pero representan una ventaja política. Permiten recorrer el territorio, reunir operadores y aparecer ante el electorado como la opción favorecida.

En Chihuahua, Cruz Pérez Cuéllar se impuso a Andrea Chávez, cercana a Adán Augusto López. En Sonora, Lorenia Valles salió adelante en una contienda competida con Javier Lamarque y es identificada con el entorno del gobernador Alfonso Durazo. En Baja California Sur, la selección de Manuel Cota, hijo de un exgobernador, llevó a Milena Quiroga a pedir una revisión. Cada caso combina aspiraciones personales, equipos locales y distribución futura de poder. Por eso una fotografía de unidad no resuelve los incentivos que alimentan el desacuerdo.

También importan los antecedentes de los nombres elegidos. Julieta Ramírez apoyó a Adán Augusto en la competencia presidencial interna y ha rechazado señalamientos relacionados con audios atribuidos a ella. Clara Luz Flores carga con el episodio de 2021 en el que primero negó y después admitió una reunión con el líder de NXIVM. Estos hechos no anulan por sí solos una aspiración. Sí obligan a los perfiles a responder preguntas públicas y al partido a explicar sus criterios con más rigor que una consigna.

Morena ha prometido publicar las encuestas. Esa transparencia puede ayudar siempre que permita conocer metodología, fechas, universo, preguntas y márgenes de error. Exhibir únicamente un resultado final no bastaría para convencer a quienes denuncian condiciones desiguales. Tampoco bastaría publicar números si los aspirantes acordaron reglas que luego desconocerán al perder. La credibilidad requiere procedimientos comprensibles antes de medir, acceso a resultados completos después y una instancia capaz de procesar impugnaciones.

A este rompecabezas se suman los aliados. El PT y el Verde tienen intereses territoriales propios; los acuerdos nacionales pueden alterar sus incentivos para acompañar candidaturas locales. La fuerza electoral de una coalición no garantiza que sus integrantes acepten siempre el mismo reparto. Negociar esas diferencias sin ocultarlas sería más sano que convertir cualquier objeción en una supuesta traición.

La prueba decisiva empezará cuando quienes hoy cuestionan las mediciones deban decidir si trabajan por el ganador. Si las encuestas son sólidas, publicarlas fortalecerá al partido. Si dejan más dudas que respuestas, la palabra unidad seguirá funcionando como decorado de una competencia que apenas comienza.

Un aspecto pendiente es la posición de quienes nunca encabezaron las mediciones, pero sostienen redes territoriales indispensables para ganar. Su participación no puede suponerse: demanda acuerdos políticos transparentes sobre trabajo de campaña y prioridades de gobierno. Si esos acuerdos quedan exclusivamente en negociaciones de élite, la militancia recibirá otro mensaje contradictorio. Se le pedirá disciplina en público mientras las decisiones reales se procesan en privado. La publicación de datos abre apenas el comienzo de una conversación sobre representación y reglas estables.

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