Washington concluyó una misión de doce años contra el Estado Islámico; Irak recupera responsabilidad y enfrenta el riesgo de un nuevo vacío de seguridad.
La retirada de las últimas tropas estadounidenses de Irak cierra formalmente una misión militar iniciada en 2014 contra el Estado Islámico, pero también remite a una historia mucho más larga. Estados Unidos invadió Irak en 2003, retiró sus fuerzas en 2011 y regresó tres años después, cuando el grupo extremista ocupó amplias zonas del país. Veintitrés años después de la invasión original, la salida vuelve a plantear una pregunta conocida: ¿qué queda cuando Washington decide marcharse?
El acuerdo se negoció en 2024, durante la administración de Joe Biden, y fue ejecutado bajo el gobierno de Donald Trump. La transición entre presidentes recuerda que la política exterior estadounidense suele sobrevivir a los cambios partidistas cuando existe un interés estratégico compartido. Trump puede presentar la salida como el cumplimiento de una promesa, pero no se trata de una decisión improvisada ni exclusivamente suya.
Irak obtiene un símbolo importante de soberanía. La presencia de tropas extranjeras fue utilizada durante años por grupos políticos y milicias para justificar resistencia armada, alimentar discursos nacionalistas y cuestionar la legitimidad del gobierno. Asumir el control de la seguridad permite a Bagdad demostrar que sus instituciones pueden funcionar sin tutela permanente. Esa posibilidad merece ser reconocida después de décadas de intervención.
Sin embargo, la soberanía también implica responsabilidad. Las fuerzas iraquíes deberán contener las células que conserva el Estado Islámico, proteger regiones vulnerables y administrar la influencia de grupos armados vinculados con Irán. Washington continuará proporcionando entrenamiento e inteligencia, y reorganizará parte de sus operaciones desde Jordania y Siria. Por ello, la retirada no equivale a una desaparición total de Estados Unidos del escenario regional.
El principal beneficiario geopolítico puede ser Irán. Teherán mantiene vínculos políticos, económicos y militares profundos con organizaciones iraquíes. La salida estadounidense reduce un contrapeso directo y permite que sus aliados presenten el acontecimiento como una victoria. El juego de palabras sobre “a dónde irán” las tropas resume una ironía real: mientras los estadounidenses abandonan Irak, la influencia de Irán puede ocupar más espacio.
Pero tampoco sería correcto asumir que toda relación entre Irak e Irán representa subordinación. Ambos países comparten frontera, comercio, vínculos religiosos y una historia compleja que incluye una guerra devastadora durante la década de 1980. Bagdad intentará equilibrar esas relaciones sin convertirse en campo de batalla entre potencias rivales.
La experiencia de 2011 obliga a mantener cautela. Tras la retirada estadounidense, las debilidades institucionales, la exclusión política y la corrupción contribuyeron al avance del Estado Islámico. Repetir ese vacío tendría consecuencias para toda la región. La comunidad internacional debe apoyar capacidades civiles y de seguridad sin convertir el acompañamiento en una ocupación indefinida.
Salir de una guerra es más sencillo que resolver todo lo que la guerra dejó. Estados Unidos termina una etapa militar, pero Irak seguirá enfrentando las instituciones debilitadas, los grupos armados y las disputas regionales acumuladas durante más de dos décadas. El éxito no se medirá por la ceremonia de salida, sino por lo que ocurra cuando ya no haya soldados estadounidenses a quienes atribuir cada fracaso.







