La despedida del capitán dejó un gol, dos asistencias y una ovación monumental; también cerró una carrera internacional marcada por fracasos, renuncia, regreso y títulos.
Lionel Messi terminó su historia con la Selección Argentina de la manera que parecía escrita para una película: en el Monumental, frente a decenas de miles de personas, participando directamente en los goles y recibiendo una ovación que contrastó con muchos años de cuestionamientos.
Su último partido con la Albiceleste terminó 3-0 frente a Benín. Messi marcó un gol, dio dos asistencias y recibió un homenaje especial en el minuto 10. Más allá del resultado, el encuentro se convirtió en una ceremonia de despedida para el futbolista que transformó su relación con la Selección desde la frustración hasta la idolatría.
La historia había comenzado de una forma casi absurda. Messi debutó con Argentina en 2005 y fue expulsado alrededor de minuto y medio después de ingresar. Para un jugador que terminaría estableciendo récords de partidos y goles, aquel comienzo parece hoy una anécdota imposible.
Los años siguientes fueron mucho más complejos. Argentina perdió finales de Copa América y del Mundial de 2014, mientras una parte del país cuestionaba si Messi sentía la camiseta con la misma intensidad que mostraba en Barcelona. La comparación permanente con Diego Maradona convirtió cada derrota en un juicio personal.
En 2016, después de otra final perdida ante Chile, Messi anunció su renuncia a la Selección. Fue uno de los momentos más bajos de su carrera internacional. Meses después regresó.
Ese regreso terminó cambiándolo todo.
Argentina ganó la Copa América de 2021, derrotó a Italia en la Finalissima y conquistó el Mundial de Qatar 2022. De pronto, las críticas que habían perseguido a Messi durante años fueron reemplazadas por una reconciliación casi total con la afición argentina.
Su despedida llega con cifras extraordinarias: más de 200 partidos, más de 120 goles y una colección de títulos que finalmente eliminó el argumento de que su grandeza solo pertenecía al futbol de clubes.
Pero el dato más significativo quizá no esté en las estadísticas.
Durante años, Messi fue el jugador al que Argentina exigía parecerse a Maradona. Terminó su carrera sin necesitarlo. Construyó una historia completamente distinta: menos desafiante en el discurso, pero igualmente enorme dentro del campo.
La ovación final resume esa transformación. El país que alguna vez dudó de él terminó pidiéndole que no se fuera.
Su primer partido duró apenas segundos. El último necesitó una noche entera para despedirlo.
Messi no se fue únicamente como campeón del mundo. Se fue habiendo cerrado una de las relaciones más intensas y contradictorias que un futbolista haya tenido con su propia selección.







