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EL SARGAZO YA ES UNA FACTURA MILLONARIA

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La estimación de 11,500 millones de dólares de impacto anual cambia la conversación: el fenómeno ambiental amenaza ocupación, ingresos, empleos y la imagen del principal destino turístico del país.

Durante años el sargazo fue tratado en la conversación turística como una molestia estacional: una franja café que afeaba la postal, complicaba el baño y obligaba a los hoteles a limpiar antes de que llegaran los huéspedes. Esa mirada ya resulta insuficiente. Una estimación atribuida al Banco Interamericano de Desarrollo y presentada en la Conferencia UE-Caribe sobre sargazo calcula pérdidas potenciales de alrededor de 11,500 millones de dólares anuales para el sector turístico de Quintana Roo, equivalentes a cerca de 17 por ciento del producto interno bruto estatal.

La cifra resume una cadena mucho más amplia. El daño no aparece solamente cuando un visitante cancela una habitación. También se refleja en descuentos para conservar reservas, costos de recolección, contratación de personal y maquinaria, transporte y disposición del material, afectaciones a restaurantes y prestadores de servicios y deterioro de la imagen digital de los destinos. Una playa saturada de sargazo fotografiada por miles de turistas puede convertirse en una campaña publicitaria negativa que ningún hotel controla.

El Gobierno federal anunció una estrategia de más de 2 mil millones de pesos. La primera etapa contempla ampliar la capacidad de recolección en el mar, adquirir embarcaciones, instalar más barreras y reforzar la limpieza en sitios como Cancún, Playa del Carmen, Puerto Morelos, Tulum y Mahahual. La lógica técnica es razonable: capturar la mayor cantidad posible antes de que llegue a la playa reduce costos y evita que el alga se descomponga en zonas turísticas.

Pero la dimensión económica obliga a pensar más allá de la limpieza. Si el arribo de sargazo se vuelve más frecuente e intenso, Quintana Roo necesita mecanismos estables de financiamiento, monitoreo regional y aprovechamiento productivo. Existen proyectos para transformarlo en fertilizantes, materiales orgánicos y otros productos. La oportunidad es atractiva, aunque debe acompañarse de normas ambientales porque el sargazo puede acumular metales y otras sustancias que limitan algunos usos.

La paradoja es evidente. El Caribe mexicano construyó una parte enorme de su economía alrededor de la promesa de playas limpias, agua turquesa y arena blanca. El sargazo afecta precisamente el activo que sostiene hoteles, restaurantes, transportistas, comercios y empleos. Por eso el problema ya no puede administrarse como una contingencia de temporada.

El éxito de la nueva estrategia debería medirse con indicadores públicos: toneladas capturadas antes de la costa, kilómetros de barreras efectivas, costo por tonelada, playas recuperadas, impacto sobre ocupación hotelera y nuevos usos comerciales seguros. Gastar más no garantiza resolverlo. Lo importante es que cada peso invertido proteja tanto al ecosistema como a la economía que depende de él.

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