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VOLÓ… PERO AÚN NO ES PARA LA CALLE

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La demostración con propulsores de alta presión convirtió al Roadster en un escaparate tecnológico, pero la distancia entre un truco de ingeniería y un producto de uso cotidiano sigue siendo enorme.

Tesla consiguió algo que parecía diseñado para convertirse en un clip viral: poner al nuevo Roadster en el aire y permitir que Elon Musk pronunciara una frase perfecta para las redes, “los coches voladores son reales”. La demostración fue impresionante. El vehículo utilizó propulsores de gas a alta presión desarrollados con tecnología relacionada con SpaceX, aceleró de cero a 60 millas por hora en menos de un segundo y ejecutó una maniobra aérea después de recorrer una estructura invertida. Desde el punto de vista de espectáculo e ingeniería, funcionó.

El problema comienza cuando una demostración se confunde con un producto cotidiano. El Roadster mostrado no es todavía un automóvil volador en el sentido que durante décadas imaginó la cultura popular: despegar verticalmente desde una calle, recorrer una ruta aérea regulada y aterrizar en el destino como alternativa al tránsito. Es un vehículo experimental con sistemas de propulsión capaces de generar momentos de vuelo en condiciones preparadas. La versión más extrema ni siquiera está homologada para circulación convencional.

La propia Tesla sitúa la producción alrededor de 2028, después de años de retrasos desde que el Roadster de segunda generación fue anunciado en 2017. Esa historia obliga a mantener cierta distancia entre promesa y calendario. Musk ha utilizado con frecuencia objetivos extremadamente ambiciosos para empujar a sus equipos y mantener la atención pública; algunos se cumplen tarde, otros cambian y otros todavía permanecen en desarrollo.

Sin embargo, sería un error reducir la presentación a puro humo. El uso de propulsores compactos, sistemas de control y materiales capaces de soportar aceleraciones extremas muestra una integración poco común entre tecnologías automotrices y aeroespaciales. Aunque el resultado final nunca sea un coche volador para las masas, parte de esa ingeniería puede alimentar desarrollos en estabilidad, frenado, aerodinámica o vehículos de alto desempeño.

Después aparece la parte menos emocionante: regulación, seguros, responsabilidad y seguridad. Un vehículo que puede abandonar el suelo introduce riesgos que las normas de tránsito convencionales no contemplan. ¿Quién autoriza una maniobra aérea? ¿Qué licencia necesitaría el conductor? ¿Qué ocurre si un propulsor falla sobre una vía pública? ¿Se regula como automóvil, aeronave o una categoría nueva?

Tesla logró exactamente lo que buscaba: que el Roadster volviera al centro de la conversación. El salto tecnológico es real; la revolución comercial todavía no. La diferencia entre ambas cosas se medirá no por los videos de lanzamiento, sino por vehículos entregados, homologaciones obtenidas y sistemas que puedan utilizarse sin convertir cada semáforo en una pista de pruebas.

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