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Looksmaxxing: cuando el espejo se vuelve el enemigo de los jóvenes

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Hay modas que se resuelven con una prenda y otras que se quedan en el cuerpo. El looksmaxxing pertenece a las segundas. Lo confirmado es poco, pero suficiente para encender las alarmas: es una tendencia de redes que lleva a jóvenes a dañar los huesos del rostro, restringir alimentos y consumir sustancias sin supervisión médica con el fin de verse mejor.

Conviene decir también lo que no se sabe. No existe una cifra confirmada de cuántos jóvenes lo practican ni datos sobre personas afectadas. Cualquier número que circule sin respaldo debe tomarse con reserva. Eso no le resta gravedad al asunto; solo obliga a hablar con precisión: el fenómeno está descrito, pero su tamaño todavía no.

Ahora, el análisis. Lo primero que llama la atención es el verbo. Maximizar la apariencia es lenguaje de rendimiento, como si el rostro fuera una cifra que hay que optimizar. Se trata de una interpretación, pero ayuda a entender por qué una práctica que implica riesgos para la salud puede presentarse como superación personal y no como lo que describe: una forma de arriesgarse.

El costo físico está a la vista en la propia definición: huesos, alimentación, sustancias. El costo menos visible es el mental. Es una hipótesis razonable, no un dato comprobado, que quien llega a la conclusión de que su cara es un problema por resolver difícilmente quede satisfecho con un solo cambio. Cuando la meta es una idea de belleza y no una persona concreta, la vara siempre puede moverse un poco más lejos.

En la adolescencia ese riesgo pesa más. Es una etapa en la que se construye la identidad y en la que la comparación con lo que aparece en el celular es constante. No hace falta diagnosticar a nadie para señalar lo evidente: una tendencia que invita a dañarse para verse mejor se apoya en una inseguridad que ya existía y la profundiza.

Las consecuencias recaen en varios frentes. Las familias necesitan información para no enterarse tarde. Los médicos y profesionales de la salud tienen un papel que cumplir, porque la ausencia de supervisión médica es justo el elemento que vuelve peligrosa la práctica. Y las plataformas donde estas ideas circulan no pueden fingir que el asunto es ajeno.

En casa, quizá lo más útil sea lo menos espectacular: conversar sin sermón, preguntar qué contenido consumen los jóvenes y qué les genera, y evitar el ridículo ante cualquier inconformidad con su aspecto. Si hay restricción de alimentos o uso de sustancias, la ruta es acudir con un profesional de la salud, no discutirlo en redes.

La belleza que exige hacerse daño deja de ser belleza. Es una factura que alguien más termina pagando, casi siempre quien apenas empieza a conocerse a sí mismo.

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