Mandar a un personaje público al panteón en una calaverita no equivale a desearle la muerte. Es una ficción satírica: la Muerte entra en escena y desarma, mediante el humor, la importancia que alguien se atribuye. Cerca del Día de Muertos, vale la pena recuperar esa dimensión crítica de una tradición que también sirve para bromear con personas cercanas.
Las calaveritas literarias son composiciones en verso que utilizan la muerte, la burla y la sátira. Su interés no depende únicamente de encontrar palabras que rimen. Una lectura posible es que permiten cambiar las jerarquías: quien ocupa una posición de autoridad deja de controlar la escena y se convierte en personaje de una historia que cualquiera puede imaginar y escribir.
Ese vínculo entre calaveras y crítica pública tiene antecedentes gráficos documentados. En 1847, la prensa mexicana ya empleaba esqueletos para representar problemas como la corrupción, el oportunismo y las maniobras de Santa Anna para permanecer en el poder. Conviene distinguir los terrenos: esas caricaturas acreditan un uso político de la imagen, pero no establecen por sí solas cuándo nacieron las calaveritas literarias.
También importa repartir correctamente los reconocimientos. Manuel Manilla y José Guadalupe Posada desarrollaron imágenes de calaveras en la imprenta de Antonio Vanegas Arroyo. Posada ilustró poemas, canciones, cuentos y noticias; fue un gran difusor de esa gráfica popular, no el inventor de los versos. Reducir toda la tradición a una sola firma borra el trabajo compartido entre grabadores, impresores y escritura.
La continuidad tiene una expresión concreta en 2026. La SEP convocó un concurso nacional de calaveritas sobre personajes históricos mexicanos. En educación superior, la convocatoria contempla textos en español o en alguna lengua indígena nacional, acompañados de su traducción. Ese detalle amplía la conversación: conservar una práctica cultural también puede significar abrir espacio a distintas voces, no repetir una supuesta manera única de entender la muerte.
Hay, sin embargo, una tensión interesante. La convocatoria propone el homenaje mediante el humor, la ironía y la sátira respetuosa. La tradición permite además la burla crítica. No son necesariamente caminos incompatibles, pero tampoco idénticos: una calaverita puede celebrar a un personaje o señalar sus contradicciones. Su potencia se reduce si el ingenio solo está autorizado para elogiar.
El límite no exige renunciar a la crítica. Exige distinguir una ficción reconocible de una amenaza, y una observación sobre el ejercicio del poder de una humillación personal. El verso puede ser incisivo sin convertir una acusación sin pruebas en supuesto hecho.
Por eso, mantener vivas las calaveritas no consiste únicamente en organizar concursos o cumplir una tarea. También supone conservar su libertad para quitar solemnidad a quienes mandan. La pregunta no es solo a quién escribirle una, sino qué contradicción merece quedar expuesta cuando la Muerte toma la palabra.






