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Contratos electorales: la auditoría debe pesar más que la disputa política

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El caso de los proveedores electorales tiene una novedad más importante que cualquier intercambio de acusaciones: el INE solicitó a la Auditoría Superior de la Federación revisar contratos de arrendamiento y servicios para detectar posibles irregularidades. Esa petición abre una ruta institucional; no equivale, por sí misma, a un hallazgo de corrupción. La diferencia importa porque el debate político puede adelantarse con facilidad a los resultados de una revisión.

El 5 de noviembre de 2026, Raquel Buenrostro, titular de la Secretaría Anticorrupción y Buen Gobierno, describió un presunto mecanismo empresarial vinculado con José Alfredo y Raymundo Hernández Casillas. Su explicación sostiene que compañías relacionadas participaban en los mismos procedimientos, pero presuntamente acordaban de antemano los precios y quién obtendría cada contrato. Bajo esa hipótesis, la competencia existía en los documentos, mientras el beneficio quedaba dentro del mismo grupo.

Ahí está el problema que una auditoría tendría que esclarecer. Contar participantes no basta para demostrar que hubo competencia real. Si se acreditaran acuerdos entre proveedores, la revisión debería explicar cómo operaron y qué controles permitieron esas contrataciones. Pero esa es una tarea pendiente: la descripción gubernamental de un mecanismo no sustituye la evidencia necesaria para establecer responsabilidades individuales.

Buenrostro señaló contrataciones por más de dos mil millones de pesos con 23 organismos electorales locales entre 2014 y 2023. También presentó un monto de 646 millones para 2024 y 2025. La propia funcionaria advirtió que las cantidades son preliminares y que no todos los contratos aparecen en las plataformas públicas consultadas. Por eso, cualquier balance debe conservar los periodos y alcances de cada cifra, sin presentar un universo todavía incompleto como una cuenta definitiva.

La disputa tiene además una vertiente partidista. Claudia Sheinbaum vinculó a Somos con el caso al señalar la participación de Juan Carlos Padilla Aguilar, a quien Buenrostro identificó como antiguo superior jerárquico de los hermanos. Guadalupe Acosta Naranjo rechazó los señalamientos y pidió una investigación a fondo de la ASF. Una relación laboral anterior o una participación política actual no prueban, por sí mismas, intervención en contratos irregulares. Esa conexión también necesita acreditarse.

Hay otro límite informativo: la UIF no hizo públicos los nombres de su lista de personas bloqueadas. No corresponde llenar ese vacío con nombres o dar por confirmado que las cuentas de Guadalupe Taddei fueron congeladas. A su vez, el INE informó que no había recibido notificación sobre bloqueos a empresas con contratos vigentes. Sin esa comunicación, el alcance operativo seguía sin aclararse.

La exigencia razonable es doble: investigar sin excepciones y comunicar sin anticipar culpabilidades. La credibilidad de los organismos electorales requiere explicar cómo compran, quién decide y qué ocurre cuando fallan sus controles. El resultado útil de este expediente no será una lista de adversarios señalados, sino responsabilidades sustentadas y procedimientos que impidan repetir las irregularidades que lleguen a comprobarse.