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Lo más grave no es solo la violencia en Morelos: es que ya no parezca excepcional

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Cuatro casos de feminicidio en menos de 48 horas reabren una herida que ya no debería normalizarse. El problema no es solo la frecuencia, sino la costumbre.


Hay noticias que golpean por lo que cuentan. Y hay otras que golpean todavía más por lo que revelan: que algo terrible se está volviendo habitual. Eso es lo que pasa con lo ocurrido en Morelos, donde en menos de 48 horas se reportaron cuatro casos de feminicidio en distintos municipios. La cifra por sí sola ya es devastadora. Pero lo más inquietante no es únicamente el número. Lo más inquietante es la sensación de que, en el debate público, este tipo de hechos ya no aparece como una ruptura, sino como una repetición.

Ese es el verdadero tamaño del problema. Cuando la violencia feminicida deja de sentirse excepcional, no es porque duela menos. Es porque la sociedad empieza a convivir con ella como si fuera parte del paisaje. Y eso debería alarmar muchísimo más. Porque una cosa es indignarse ante un hecho brutal, y otra muy distinta es llegar al punto en que esa brutalidad ya no sorprende con la fuerza que tendría que sorprender.

Morelos viene cargando desde hace tiempo una conversación muy dura sobre violencia contra las mujeres. Por eso cada nuevo caso no cae en vacío. Cae sobre una percepción previa de abandono, de respuestas insuficientes y de una sensación de que el problema sigue avanzando sin ser contenido de verdad. Ahí está el fondo más doloroso: no se trata solo de hechos aislados, sino de una acumulación que va dejando cansancio, miedo e impotencia.

Y eso importa mucho decirlo bien. Porque cuando se habla de estos temas, el riesgo siempre es quedarse en el dato rojo, en el recuento crudo, en la nota del día. Pero el punto no debería ser solo contar casos. El punto debería ser preguntarnos por qué siguen ocurriendo con esta frecuencia y por qué la respuesta institucional no logra romper el patrón. Si una tragedia se repite una y otra vez, ya no basta con lamentarla. Hay que reconocer que existe una falla más profunda en prevención, atención, protección y acceso a justicia.

También hay algo socialmente muy delicado en esta normalización. Cuando la violencia extrema entra en la rutina informativa, se corre el riesgo de que la indignación pública se desgaste. No porque a la gente no le importe, sino porque la repetición termina generando una especie de agotamiento emocional. Y ese agotamiento puede ser peligrosísimo, porque le quita urgencia a un problema que necesita justamente lo contrario: más atención, más presión pública y más exigencia de resultados reales.

Por eso esta nota no debería leerse solo como un saldo de horas recientes. Debería leerse como una señal de alarma mucho más amplia. En Morelos, como en otras partes del país, el drama no es únicamente que la violencia contra las mujeres siga presente. El drama es que empiece a sentirse tristemente predecible.

Y cuando algo tan grave se vuelve predecible, la discusión ya no puede quedarse en el asombro momentáneo. Tiene que pasar a una exigencia mucho más seria: que deje de repetirse. Porque lo verdaderamente inadmisible no es solo la violencia. Es acostumbrarse a ella.

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