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Carmiña apareció; la normalidad en Sinaloa, no

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La localización con vida de Carmiña Castro alivió una historia que pudo terminar mucho peor, pero también volvió a exhibir algo más grave: en Culiacán, las privaciones de la libertad ya no se sienten excepcionales, sino parte del paisaje del miedo.

La noticia de que Carmiña Miroslava Castro Salazar fue localizada con vida provocó alivio inmediato. Después de horas de incertidumbre, fichas de búsqueda y publicaciones compartidas en cadena, la actualización cambió el tono de una historia que pintaba para tragedia. La Fiscalía de Sinaloa confirmó que la joven de 29 años fue hallada con vida y en buen estado de salud en el sector oriente de Culiacán, luego de haber sido reportada como desaparecida tras ser obligada a subir a un vehículo por sujetos armados cuando estaba en su negocio de repostería, Rosa Dely, acompañada de uno de sus hijos.

Pero reducir el caso a un “ya apareció” sería quedarse en la superficie. Lo que hizo que esta historia prendiera tan rápido no fue solo el perfil público de Carmiña como creadora de contenido y repostera. Fue la sensación de cercanía. No era una figura abstracta ni una celebridad lejana: era una mujer que compartía recetas, atendía pedidos, construía clientela en redes y sostenía una vida reconocible para muchísima gente. Esa familiaridad vuelve el miedo todavía más concreto: si le pasa a alguien así, la violencia deja de sentirse distante.

Además, su caso no llegó solo. Milenio reportó que, en los mismos días, también se registraron otros episodios de privación de la libertad en Sinaloa, incluido el de un empresario florista levantado por unas horas y luego liberado, así como el de un empresario gasolinero que también fue liberado tras varias horas retenido. Es decir, el problema no se percibe como un hecho aislado, sino como una secuencia que refuerza la idea de que, en la capital sinaloense, la rutina puede romperse en cualquier momento.

Ese contexto importa todavía más cuando se observa el fondo más amplio. El País reportó que la guerra entre facciones criminales en Sinaloa ha dominado la vida pública durante los últimos 18 meses y que, desde el inicio de esa confrontación, el Estado acumulaba 2,680 víctimas de asesinato hasta el 22 de marzo de 2026. El mismo reporte añade que Sinaloa sumaba 1,518 personas desaparecidas no localizadas desde el 9 de septiembre de 2024, con concentración especialmente fuerte en Culiacán, Mazatlán y Navolato.

Por eso el hallazgo con vida de Carmiña sí merece celebrarse, pero no como cierre cómodo. Más bien como excepción afortunada dentro de una ciudad marcada por un conflicto criminal que ha vuelto frágil hasta lo cotidiano. En lugares así, la noticia positiva no cancela el problema: apenas lo ilumina desde otro ángulo. La pregunta no es solo qué pasó con ella, sino por qué cada vez resulta más fácil creer que algo así puede pasarle a cualquiera.

Y ahí está lo verdaderamente duro. Carmiña apareció. Qué bueno. Pero lo que sigue sin aparecer en Sinaloa es la certeza básica de que abrir un negocio, atender clientes, criar hijos o subir contenido a redes puede seguir siendo parte de una vida normal. En Culiacán, esa normalidad lleva rato secuestrada.

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