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Perritos, predios y poder

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El caso del Refugio Franciscano ya no se puede contar solo como una disputa por bienestar animal. Entre los bloqueos anunciados en Reforma, el pleito por un predio valiosísimo en Cuajimalpa y la admisión de César Cravioto de haber vivido en un departamento de la Fundación Antonio Haghenbeck, el expediente dejó de oler solo a croquetas y empezó a oler a costo político.


Hay casos que se salen de su caja original. El del Refugio Franciscano empezó como una discusión sobre animales en malas condiciones, un operativo oficial y la promesa del Gobierno de la Ciudad de México de priorizar el bienestar animal. Pero con el paso de las semanas, el tema dejó de ser solamente eso. Ahora mezcla activismo, protesta callejera, un terreno de alto valor, una fundación con años de litigio y un secretario de Gobierno salpicado por una relación inmobiliaria previa con uno de los actores centrales del conflicto. Cuando una historia suma tantos ingredientes, el problema ya no es solo lo que ocurrió, sino quién logra imponer la versión de lo ocurrido.

El detonante inmediato es claro: el Refugio Franciscano anunció bloqueos en Paseo de la Reforma para exigir la devolución de los llamados Franciscanitos. La señal política de esa decisión es potente. Cuando un grupo decide pasar del reclamo administrativo al bloqueo de una de las avenidas más simbólicas del país, lo que está diciendo es que ya no cree que la negociación institucional le vaya a resolver nada. Y ahí el gobierno de Clara Brugada entra en una zona incómoda: porque, aunque sostenga que actuó por presunto maltrato animal y que los animales están bajo resguardo oficial, el costo de la opacidad lo paga siempre la autoridad, no el boletín.

Luego está el dato que vuelve todo más tóxico. César Cravioto admitió que vivió en un departamento en Polanco propiedad de la Fundación Antonio Haghenbeck. Él asegura que pagaba renta y niega conflicto de interés. Puede ser. Pero en política no todo se destruye con una ilegalidad probada; a veces basta una coincidencia demasiado cómoda para que la sospecha haga el trabajo sola. Y en un caso donde la fundación aparece ligada al trasfondo del predio del refugio, esa admisión le regaló munición perfecta a quienes sostienen que aquí no solo se disputan perros, sino también tierra, influencia y control del relato.

Ese punto importa todavía más por el tamaño del terreno y por el historial del caso. El País reportó que se trata de una propiedad de 165 hectáreas en Cuajimalpa, marcada por una sucesión millonaria, venta a un fideicomiso y una larga disputa legal. Clara Brugada ha dicho públicamente que no permitirá un desarrollo inmobiliario en ese predio durante su administración. El problema es que cuando un gobierno se ve obligado a repetir que no tiene interés inmobiliario, es porque la sospecha ya está instalada. Y una vez que esa idea prende, cualquier movimiento oficial empieza a leerse con doble fondo.

Por eso el verdadero daño del caso no está solo en los tribunales ni en los albergues temporales. Está en la percepción pública. Si el gobierno tiene razón, necesita demostrarla con transparencia brutal, no con frases tranquilizadoras. Si el refugio exagera o manipula, eso también debe probarse con datos verificables. Lo que no alcanza ya es el discurso cómodo de “todo fue por el bienestar animal” frente a una historia donde también aparecen bienes raíces, litigios y relaciones políticamente explosivas. Porque cuando una crisis mezcla perritos, poder y patrimonio, la gente deja de ver un rescate y empieza a ver una trama. Y en la política mexicana, cuando algo parece trama, el gobierno casi siempre arranca perdiendo

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