Profeco revive el “No cargues aquí” para exhibir gasolineras caras, en un país donde el abuso al consumidor lleva años pidiendo castigo real.
Hay regaños que no entiendes hasta que te los ponen enfrente de todos. Como cuando tu mamá no solo te llamaba la atención, sino que además te exhibía con los vecinos para que ahora sí te diera pena. Ese parece ser el nuevo cálculo del gobierno con las gasolineras: si algunas no entienden con monitoreo, acuerdos ni llamadas de atención, entonces les van a colgar una lona gigante para que todo mundo vea quién se está volando la barda con los precios. Claudia Sheinbaum anunció que Profeco retomará la estrategia de colocar lonas con la frase “No cargues aquí” en estaciones que cobren caro la gasolina Magna y el diésel. El titular de Profeco, Iván Escalante, confirmó que la medida arrancó desde el 13 de abril y que busca alertar directamente a los consumidores.
La escena funciona porque toca algo muy mexicano: aquí llevamos años escuchando quejas por abusos de gasolineros, por diferencias de precio difíciles de entender para el consumidor y por la sensación de que, pase lo que pase en el mercado internacional, al final siempre hay alguien que aprovecha para cargarle de más al ciudadano común. En ese contexto, la lona no solo informa: humilla comercialmente. Le dice al automovilista “aquí no cargues” y le pega al negocio donde más le duele, en reputación y flujo de clientes. Esa es una inferencia razonable por el diseño mismo de la medida, que está pensada como advertencia pública y visible.
Lo más interesante es que el gobierno no está presentando esto como una anécdota aislada, sino como parte de una presión más amplia para contener el precio de los combustibles. Sheinbaum ha insistido en que los energéticos deben mantenerse “anclados” para evitar más inflación, y medios como El País reportan que el gobierno quiere mantener límites de referencia de 24 pesos por litro para la Magna y 28 pesos para el diésel, apoyándose además en subsidios fiscales al IEPS. Expansión también subraya que el diésel preocupa especialmente por su efecto sobre transporte y alimentos.
Ahí está el verdadero fondo político. La gasolina no es cualquier producto: es uno de esos precios que la gente siente en el bolsillo y después en todo lo demás. Si sube el diésel, sube mover mercancías; si sube mover mercancías, sube la canasta básica. Por eso la exhibida a las gasolineras no solo es un gesto de autoridad; también es un mensaje para el electorado: el gobierno quiere que se vea que está del lado del consumidor y no del que se aprovecha. Y en un país donde las sanciones a veces parecen lentas o insuficientes, la vergüenza pública puede convertirse en una herramienta más rápida y más visible que cualquier trámite administrativo.
La gran pregunta es si esto va a servir de verdad. Porque una lona pega, sí, pero no sustituye una regulación seria ni resuelve por sí sola todas las distorsiones del mercado. Sin embargo, tampoco hay que minimizar su fuerza simbólica. En México, donde durante tanto tiempo se ha reclamado que no abusen los gasolineros, ver una estación marcada con un “No cargues aquí” manda una señal clarísima: ya no basta con cobrar caro y esconderse en tecnicismos. Ahora te van a señalar frente a todos. Y quizá esa sea la parte más poderosa del asunto: hay negocios a los que no les quita el sueño una multa, pero sí les pesa que la colonia, la carretera y el cliente los vean como ejemplo del abuso.





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