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Chihuahua, EU y la soberanía que nadie supo explicar

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La tragedia tras el operativo contra narcolaboratorios no solo exhibió una falla de seguridad; también dejó al descubierto un país donde la presencia de agentes de Estados Unidos, el desconocimiento federal y la agenda pública estatal corrieron por carriles distintos.

Lo más grave de lo ocurrido en Chihuahua no fue solo el accidente. Fue la fotografía política que dejó. Cuatro personas murieron al regresar de un operativo contra narcolaboratorios: dos funcionarios mexicanos y dos oficiales instructores de la Embajada de Estados Unidos. Después vino el desconcierto público: Claudia Sheinbaum dijo que su gobierno no sabía de la presencia de esos agentes y anunció una revisión para determinar si se violó la ley de seguridad nacional.

Ahí es donde las piezas empiezan a conectarse de una manera incómoda. Si la federación no estaba enterada, entonces no se trata de una simple omisión burocrática. Se trata de una ruptura seria en la coordinación entre niveles de gobierno en un asunto delicadísimo: seguridad, participación extranjera y operación en territorio mexicano. La propia Sheinbaum insistió en que México acepta intercambio de información y cooperación, pero no operaciones conjuntas en tierra. El problema es que, visto desde afuera, lo ocurrido se parece demasiado a una línea que ya nadie puede describir con claridad.

La explicación del fiscal de Chihuahua fue que los estadounidenses eran “oficiales instructores”, dedicados a asesoría y entrenamiento. Pero el contexto vuelve esa definición insuficiente. No estaban en un seminario ni en una oficina revisando mapas. Venían de un operativo para desmantelar laboratorios clandestinos y formaban parte del convoy accidentado. Eso coloca la discusión en una zona gris: quizá jurídicamente se quiera presentar como acompañamiento técnico, pero políticamente ya luce como una presencia estadounidense más profunda de lo que el discurso oficial mexicano acostumbra reconocer.

Y justo ahí se estrella otro relato: el de la soberanía. En México, la soberanía suele aparecer como discurso fuerte cuando se trata de responder a Washington, marcar distancia o presumir independencia. Pero este caso mostró otra cosa: una presencia estadounidense en una operación sensible, un gobierno federal enterándose después y una revisión urgente para saber si había base legal para ello. Cuando el país se entera al mismo tiempo que la presidencia, la soberanía deja de sonar a control y empieza a sonar a consigna.

El detalle de Maru Campos en la Feria Nacional de San Marcos no pesa por morbo ni por golpeteo fácil. Pesa por contraste. Mientras el operativo, el accidente y el enredo institucional se desarrollaban en Chihuahua, la gobernadora encabezaba la delegación de su estado en la inauguración de la feria junto con Tere Jiménez, en el marco de la participación de Chihuahua como estado invitado. No es una crítica por asistir a un evento público; es la evidencia visual de cómo las capas del poder pueden avanzar desconectadas entre sí. Una cosa ocurría en el terreno, otra en la esfera federal y otra en la imagen política del estado.

Eso es lo que termina golpeando más fuerte: no parece un sistema operando con mando claro, sino un rompecabezas donde cada parte se mueve por su cuenta y después intenta acomodar la narrativa. Y cuando Estados Unidos aparece en esa ecuación sin una explicación sólida, el tema deja de ser solo un accidente. Se convierte en una prueba de qué tan real es el control del Estado mexicano sobre su propia seguridad.

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