La marihuana ya era legal en muchos estados, pero seguía prohibida a nivel federal. Ahora Trump movió una pieza clave.
El cambio sobre la marihuana en Estados Unidos no significa que el país despertó con cannabis libre en todo el territorio. Significa algo más complejo: el gobierno federal empezó a tratar distinto a una sustancia que durante décadas metió en el mismo cajón legal que drogas mucho más perseguidas.
Ese es el punto central.
En Estados Unidos, la marihuana ya era legal en muchos estados, ya fuera para uso medicinal o recreativo. Pero a nivel federal seguía siendo ilegal. Esa contradicción creó un limbo absurdo: un negocio podía operar legalmente bajo reglas estatales, pagar impuestos, abrir tiendas, vender productos… y aun así seguir chocando con restricciones federales.
La reclasificación no elimina todo ese conflicto, pero sí lo mueve.
Al pasar la marihuana medicinal regulada a una categoría menos restrictiva, el gobierno reconoce algo que el mercado y buena parte de la sociedad ya habían asumido: que no puede seguir tratándose igual que una droga sin uso médico aceptado.
Pero ojo: esto no es legalización total.
La marihuana recreativa sigue sin quedar plenamente legalizada a nivel federal. Y el cambio beneficia sobre todo al cannabis medicinal bajo programas estatales. Por eso venderlo como “Trump legalizó la marihuana” sería exagerado. Lo correcto es decir que Trump le bajó el nivel de persecución federal a una parte del cannabis.
Políticamente, el movimiento es enorme.
Porque viene de un presidente que ha construido buena parte de su discurso alrededor de la mano dura contra las drogas, especialmente frente al fentanilo y la crisis de adicciones. Esa es la paradoja: Trump endurece el discurso contra unas sustancias, pero flexibiliza el trato hacia la marihuana medicinal.
Y ahí está el cálculo.
La marihuana ya no es un tema marginal en Estados Unidos. Es salud, industria, impuestos, empleo, investigación médica y también voto. Apoyar una regulación más flexible ya no necesariamente se ve como una postura radical, sino como una adaptación a una realidad que los estados llevan años construyendo.
El fondo social es claro: la política de drogas está cambiando, aunque no lo diga con todas sus letras.
Durante décadas, criminalizar la marihuana sirvió para llenar cárceles, perseguir comunidades y sostener una guerra antidrogas con resultados muy cuestionables. Hoy, la misma sustancia empieza a ser tratada como medicamento, industria y oportunidad económica.
La pregunta ya no es si la marihuana existe legalmente en Estados Unidos.
La pregunta es cuánto tiempo más puede el gobierno federal sostener una contradicción que los estados ya superaron.










