La llamada ajolotización de la CDMX no molesta por el símbolo, sino por el contraste: una ciudad pintada para el Mundial mientras sus problemas cotidianos siguen sin resolverse.
La gente no está en contra del ajolote. Ese no es el punto. El ajolote es un símbolo mexicano poderoso, entrañable y profundamente ligado a Xochimilco. Puede funcionar como identidad visual, como guiño cultural y hasta como imagen amable para una ciudad que recibirá al mundo durante el Mundial. El problema empieza cuando esa identidad se convierte en sustituto de gobierno.
La llamada ajolotización de la Ciudad de México ha generado críticas no porque la gente odie el color, sino porque muchas personas sienten que les están vendiendo una ciudad maquillada mientras la ciudad real sigue fallando. Puentes, postes, transporte, banquetas y espacios públicos pueden pintarse de lila, guinda o ajolote, pero eso no tapa una fuga de agua, no repara un bache, no arregla una banqueta rota y no mejora por sí solo la movilidad.
Ahí está el choque. Para el gobierno, pintar puede ser embellecer. Para muchos ciudadanos, pintar sobre infraestructura deteriorada parece maquillar. Y en una ciudad donde la gente camina banquetas rotas, esquiva hoyos, vive cortes de agua, usa transporte saturado y ve estaciones o vialidades con mantenimiento pendiente, la brocha deja de verse simpática y empieza a parecer burla.
También hay una crítica técnica que no debe ignorarse. La infraestructura urbana no solo comunica identidad; también comunica seguridad. Banquetas, bolardos, señalamientos y elementos de movilidad tienen funciones visuales específicas. Cuando todo se vuelve decoración, existe el riesgo de confundir estética con señalización. Una ciudad bonita no debería ser una ciudad menos clara para peatones, ciclistas o conductores.
Pero el enojo no viene solo por los colores. Viene por el contexto nacional. México atraviesa semanas pesadas: escándalos de seguridad, investigaciones financieras, exfuncionarios entregándose en Estados Unidos, mandos militares removidos bajo señalamientos delicados y una discusión pública llena de preguntas graves. En medio de eso, la clase política parece instalada en una lógica paralela: ciudad bonita para la FIFA, Mundial en el discurso y hasta intercambio de estampitas en San Lázaro.
La postal es fuerte porque resume una desconexión: ciudadanos preguntando por servicios, seguridad y mantenimiento; políticos hablando de color, álbumes y narrativa mundialista. No es que el futbol no importe. No es que embellecer la ciudad esté mal. El problema es cuando lo simbólico se usa para desplazar lo urgente.
La CDMX sí merece verse mejor. Merece identidad, arte público, color y espacios más agradables. Pero también merece agua, movilidad funcional, calles seguras, transporte digno y mantenimiento real. Una cosa no debería cancelar la otra. El problema es que, en la práctica, muchas veces el gobierno presume lo visible porque lo estructural tarda, cuesta y no siempre da buena foto.
Por eso la ajolotización incomoda. Porque parece pensada para el visitante antes que para el habitante. Para la cámara antes que para el usuario. Para el Mundial antes que para la vida diaria.
El ajolote no es el problema. El problema es creer que pintar una ciudad equivale a gobernarla.


