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AMLO, Sinaloa y el fantasma que vuelve a tocar la puerta

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La reaparición pública de AMLO ocurre en medio del escándalo por las acusaciones contra Rocha Moya. El reclamo ciudadano sobre la mamá del Chapo revive una de las imágenes más incómodas de su sexenio y abre una nueva presión política sobre el obradorismo.

La reaparición pública de Andrés Manuel López Obrador no podía llegar en un momento más cargado políticamente. Después de meses prácticamente alejado de los reflectores y refugiado en su rancho, el expresidente vuelve a salir justo cuando el caso Rocha Moya está escalando, Sinaloa vuelve al centro de la conversación nacional y las acusaciones desde Estados Unidos empiezan a golpear el corazón simbólico del obradorismo.

No se trata de afirmar que AMLO sea culpable de algo. Eso sería irresponsable. Las responsabilidades legales se demuestran con investigaciones, documentos, procesos y sentencias. Pero en política las imágenes también pesan, y la memoria pública suele ser implacable.

Por eso el reclamo ciudadano de “¿por qué con la mamá del Chapo sí se bajaba?” pega tan fuerte. No es solo un grito espontáneo. Es la reactivación de una escena que nunca dejó de perseguir a su gobierno: aquella visita a Badiraguato donde López Obrador saludó a María Consuelo Loera, madre de Joaquín “El Chapo” Guzmán. Para sus simpatizantes fue un gesto humano. Para sus críticos, una postal profundamente incómoda.

Años después, esa imagen regresa en otro contexto. Ya no estamos en pleno sexenio de AMLO ni en una gira presidencial. Estamos en un momento donde Rubén Rocha Moya enfrenta acusaciones graves, donde funcionarios cercanos a Sinaloa aparecen bajo presión y donde Morena intenta administrar el costo político sin que el incendio llegue más arriba.

Ahí está el punto sensible. Sinaloa no es un estado cualquiera dentro de esta historia. Es un territorio cargado de símbolos, episodios oscuros, violencia, pactos sospechados y preguntas pendientes. Cada vez que el tema Sinaloa vuelve a la mesa, también vuelven los fantasmas políticos que el obradorismo nunca logró exorcizar del todo.

La salida de AMLO puede ser casualidad, rutina o simple aparición pública. Pero en política, el calendario también comunica. Y cuando un expresidente reaparece en medio de una crisis que toca a uno de sus aliados políticos más relevantes, es inevitable que se abran preguntas.

¿Salió para medir el ambiente? ¿Para mandar un mensaje? ¿Para recordar que sigue presente? ¿O simplemente porque quiso salir y el momento lo alcanzó? Cualquiera que sea la respuesta, la escena deja algo claro: el retiro de AMLO no significa ausencia política. Su figura sigue operando como imán de reclamos, adhesiones, sospechas y memoria.

El problema para el obradorismo es que el discurso del “pueblo bueno” se vuelve más complicado cuando parte de ese pueblo reclama. Durante años, AMLO convirtió la cercanía popular en su principal escudo. Pero cuando la gente le grita que se baje, y cuando el recuerdo inmediato es la mamá del Chapo, el blindaje simbólico empieza a mostrar grietas.

El caso Rocha todavía debe probarse en tribunales. Pero políticamente ya está haciendo ruido.

Y ese ruido, desde Sinaloa, parece haber llegado hasta la puerta del rancho.

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