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El INE, el Mundial y el regreso del miedo al Zoom

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El Instituto Nacional Electoral trabajará a distancia durante 42 días por el Mundial 2026. La medida busca evitar problemas de movilidad, pero también revive una pregunta muy mexicana: ¿qué puede salir mal?

El anuncio de que el INE trabajará en modalidad de home office durante 42 días por el Mundial 2026 puede leerse, en principio, como una decisión administrativa razonable. Una Copa del Mundo no es cualquier evento: implica cierres viales, saturación de transporte, llegada masiva de turistas, operativos de seguridad, zonas restringidas y una ciudad que, durante varios días, puede volverse poco manejable.

Hasta ahí, todo parece lógico. El problema es el tamaño de la medida frente al tamaño del calendario. En la Ciudad de México se jugarán cinco partidos, pero el home office del INE durará 42 días. Dicho con calma: por cinco juegos, más de un mes de trabajo remoto. Suena preventivo, sí. También suena a que alguien vio el tráfico de Insurgentes en hora pico y dijo: mejor nos vemos hasta julio.

El punto no es negar que habrá complicaciones. Las habrá. El Mundial va a mover la rutina de la capital y de varias instituciones. Pero también es cierto que, en un país donde la ciudadanía suele desconfiar de sus autoridades, cualquier decisión que parezca excesiva se vuelve combustible para la burla pública. Y si algo sabe hacer México es convertir una medida administrativa en meme nacional.

Además, la palabra home office tiene memoria propia. Después de la pandemia, todos recordamos videollamadas fallidas, micrófonos abiertos, cámaras prendidas por accidente, filtros imposibles y funcionarios tratando de mantener la solemnidad mientras el caos doméstico ocurría detrás. Por eso el anuncio del INE no solo activó una discusión laboral; activó un archivo colectivo de vergüenza digital.

La pregunta seria es si una institución tan importante puede garantizar continuidad, eficiencia y atención ciudadana durante ese periodo. El INE no es una oficina cualquiera. Maneja trámites, credenciales, procesos internos, atención pública y responsabilidades que no pueden depender de que “sí agarre el internet”. Si la medida está bien planeada, no debería haber mayor problema. Si no, el Mundial puede convertirse en una excusa perfecta para señalar lentitud, errores o desconexión institucional.

Y ahí está el verdadero riesgo: que el home office no se perciba como organización, sino como privilegio burocrático. Porque mientras muchas personas seguirán trabajando presencialmente, cruzando tráfico, lidiando con cierres y sobreviviendo al caos mundialista, ver a una institución completa protegerse durante 42 días puede generar ruido.

El INE tiene derecho a cuidar su operación y a prever el impacto del Mundial. Pero también tiene la obligación de comunicar bien, justificar mejor y demostrar que el trabajo remoto no significa pausa, relajamiento ni desaparición institucional.

Porque al final, el problema no es que el INE trabaje desde casa. El problema sería que, entre partidos, videollamadas y fallas de conexión, la ciudadanía sienta que también mandaron la atención pública a modo avión.

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