En plena discusión de la reforma judicial, San Lázaro terminó convertido en ring político: acusaciones brutales, gritos de “asesino”, diputados encarados y una reforma histórica avanzando entre el caos.
La Cámara de Diputados volvió a dar una postal perfecta del país: mientras se discutía el futuro del Poder Judicial, la tribuna terminó convertida en escenario de gritos, acusaciones y empujones verbales. El tema era enorme. Morena y sus aliados avanzaban una reforma para aplazar la elección judicial hasta 2028, pero la sesión terminó marcada por otra imagen: un diputado del PRI llamando “asesino” a Leonel Godoy.
La acusación la lanzó Carlos Gutiérrez Mancilla, legislador priista, durante el debate en San Lázaro. Señaló al morenista por el caso de Carlos Manzo, exalcalde de Uruapan, después de que Godoy declarara como testigo ante la Fiscalía de Michoacán. Y ahí se rompió todo. Morena reaccionó con furia, hubo reclamos, diputados intentando acercarse a la tribuna y un ambiente que estuvo a nada de pasar del grito al golpe.
Lo delicado es que una acusación dicha en tribuna no equivale a una sentencia. Que alguien grite algo fuerte no lo convierte automáticamente en verdad. Pero el episodio sí revela el nivel de descomposición política en el Congreso: los temas más serios del país se procesan entre insultos, acusaciones penales y espectáculo partidista.
La reforma judicial, por sí sola, ya era suficientemente polémica. Morena plantea mover a 2028 la siguiente elección judicial, bajo el argumento de corregir fallas operativas y evitar saturaciones electorales. La oposición acusa que el cambio mantiene la politización del Poder Judicial y que, en lugar de corregir el problema, lo administra a conveniencia. Es decir, el debate merecía argumentos, datos y una discusión institucional seria.
Pero lo que vimos fue otra cosa: una Cámara donde la justicia se discute con gritos de “asesino”, donde la reforma avanza en medio del pleito y donde cada bancada parece más interesada en ganar el clip viral que en explicar las consecuencias de lo que está votando.
Ese es el verdadero problema. México está rediseñando una parte central de su sistema judicial, pero el debate público se está dando como si fuera una bronca de pasillo. Y cuando la política convierte cada reforma en una pelea de tribuna, los ciudadanos terminan viendo ruido, no rendición de cuentas.
Leonel Godoy tendrá que responder políticamente por lo que se le señale, y si hay elementos legales, que las autoridades investiguen. Pero usar el Congreso para lanzar acusaciones de ese tamaño también debería exigir responsabilidad. Porque no todo puede reducirse a gritar más fuerte frente a las cámaras.
Al final, la imagen es durísima: una reforma judicial histórica avanzando entre gritos, sospechas, acusaciones de crimen y diputados al borde del enfrentamiento.
La justicia en México no solo está en disputa. También se está discutiendo en medio del caos.


