Las intervenciones urbanas de Clara Brugada prometían llenar la ciudad de color, pero una investigación apunta a contratos millonarios, adjudicaciones directas y una empresa que parece haber encontrado su mejor lienzo en el presupuesto público.
La política también pinta. A veces pinta murales, cruces peatonales, puentes, bardas y espacios públicos. Pero otras veces pinta algo mucho más interesante: rutas de contratos, adjudicaciones directas y proveedores que, casualmente, siempre aparecen donde hay presupuesto disponible.
El caso de Clara Brugada y la empresa Impacto en Imagen y Color abre una conversación incómoda sobre la delgada línea entre intervención urbana y negocio consentido. Porque una cosa es embellecer la ciudad, recuperar espacios y ponerle color a zonas grises. Otra muy distinta es que detrás de ese discurso aparezcan contratos por más de 250 millones de pesos desde 2019, 57 contratos acumulados y 27 adjudicaciones directas.
La pregunta no es si la ciudad debe verse mejor. Claro que debe verse mejor. Las calles abandonadas, los cruces peligrosos y los espacios públicos deteriorados necesitan atención. El problema es cuando la estética empieza a oler a favoritismo. Cuando el color de los murales se vuelve menos llamativo que el color del dinero.
Según lo publicado, la relación con esta empresa viene desde la etapa de Brugada en Iztapalapa, donde recibió más de 137 millones de pesos. Después, ya con Brugada en la Jefatura de Gobierno, la historia no se apagó: solo en 2025 se reportan tres contratos por 122 millones de pesos. Y el más curioso ni siquiera fue para pintar, sino para vestuario y calzado operativo, por 107 millones.
Ahí es donde el asunto deja de parecer una política pública simpática y empieza a parecer una proveedora todóloga con acceso premium al presupuesto. Hoy pinta cruces, mañana viste personal, pasado mañana quizá organiza la fiesta patronal y de paso factura los globos. La versatilidad empresarial está preciosa, pero la coincidencia presupuestal está mejor.
El discurso oficial suele vender estas intervenciones como transformación del espacio público. Y sí, transformar la ciudad importa. Pero transformar la ciudad no puede convertirse en pretexto para normalizar contrataciones opacas o repetidas con los mismos beneficiarios. La belleza urbana no debería tapar la obligación de explicar cómo, por qué y a quién se le entrega el dinero.
Porque cuando se gobierna con símbolos, colores y murales, también se corre el riesgo de que todo se vuelva escenografía. La ciudad se ve más alegre, las fotos salen mejor, el funcionario corta listón y el discurso habla de comunidad. Pero si detrás hay contratos millonarios mal explicados, entonces el mural ya no comunica inclusión: comunica sospecha.
Clara Brugada tiene que responder con claridad. No basta con decir que se embellece la ciudad. Hay que explicar por qué esa empresa, por qué tantos contratos, por qué tantas adjudicaciones directas y por qué una proveedora de pintura termina recibiendo un contrato enorme para vestuario y calzado.
Al final, la CDMX quedó más colorida. La empresa, más consentida. Y el presupuesto, como siempre, terminó siendo la verdadera obra de arte.


