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El sombrero que Morena quiere sacar del camino

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La reforma electoral en Michoacán no solo limita a candidaturas independientes; también exhibe el miedo de los partidos cuando una causa ciudadana empieza a tomar forma propia.

La política mexicana tiene una relación muy extraña con los ciudadanos independientes. Los presume cuando conviene, los aplaude en el discurso y los usa como prueba de apertura democrática. Pero cuando esos ciudadanos empiezan a organizarse, a tomar fuerza y a incomodar al poder, entonces aparecen los candados, las reformas y las letras chiquitas.

Eso es lo que está ocurriendo en Michoacán con el Movimiento del Sombrero. La reforma aprobada en el Congreso local, impulsada por la mayoría de Morena, limita la posibilidad de que candidaturas independientes usen símbolos, colores o mensajes comunes que las identifiquen como parte de una misma causa. En papel puede sonar como una regla técnica. En la práctica, se lee como un mensaje político: puedes competir como independiente, pero sin estructura, sin identidad común y sin convertirte en movimiento.

Ahí está el fondo del asunto. El sombrero dejó de ser solo una imagen. Después del asesinato de Carlos Manzo, se convirtió en un símbolo de duelo, coraje y hartazgo ciudadano. Y los símbolos, cuando conectan con una emoción colectiva, pueden pesar más que muchas campañas tradicionales. Por eso incomodan. Porque no nacen de un manual de partido, sino de una herida social.

Grecia Quiroz entendió ese punto y por eso su reclamo va más allá de una candidatura. Lo que está diciendo es que se intenta cerrar el paso a una expresión ciudadana justo cuando empieza a crecer. Y ahí aparece el doble discurso: se habla de pueblo organizado, pero solo parece aceptarse cuando ese pueblo está dentro del molde del partido dominante.

El riesgo para Morena es que esta jugada puede salirle al revés. Cuando a un movimiento independiente le cierran la puerta electoral, lo empujan a buscar una ventana partidista. Hoy puede ser el PAN para Grecia Quiroz; mañana podría ser cualquier otra fuerza para una figura con arrastre ciudadano. El sistema termina obligando a los independientes a subirse a un partido, aunque su fuerza venga precisamente de no pertenecer a uno.

Pero también hay una advertencia para los propios movimientos ciudadanos: ganar una elección sin estructura puede convertirse en una pesadilla. El caso de Jaime Rodríguez, “El Bronco”, en Nuevo León, dejó una lección dura. Llegar al poder sin Congreso, sin partido sólido y con instituciones tomadas por adversarios puede dejar a cualquier gobierno atrapado, vulnerable y expuesto.

Por eso el Movimiento del Sombrero necesita algo más que simpatía. Necesita convertir el hartazgo en causa, y la causa en organización. En México los cambios grandes no ocurren solo porque una figura conecta emocionalmente con la gente. Ocurren cuando una causa logra superar ideologías, juntar sectores distintos y construir fuerza política real.

Morena quiso ponerle candado al sombrero. Pero en política los símbolos no siempre se apagan con prohibiciones. A veces, cuando el poder intenta borrarlos, termina confirmando exactamente por qué empezaron a importar.

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